Caricias en la mañana

Psicología de amor

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Al día siguiente, cansada y apesadumbrada, Isis se levantó de su lecho, sola, no había ni rastro de Steeve, seguramente había salido temprano a comprarle sus flores favoritas; unos preciosos y amarillos girasoles, antes de ir a trabajar, como acostumbraba a hacer cada vez que le golpeaba, más que un detalle por su parte, como lo era al principio de la relación, cuando la colmaba de detalles sin un motivo, tan solo porque sí, porque le nacía hacerlo, se había convertido en una rutina.
 
Pero hoy no iba a quedarse esperando su vuelta desconsolada en casa como acostumbraba, no, hoy saldría a que el Sol le acariciara su suave y blanca piel, a que la brisa le susurrase las más bellas melodías, los animales del parque le regalasen alguna caricia, y con suerte, recibiera el cálido y reconfortante saludo de algún desconocido.
 
Decidida, se maquilló como pudo para esconder las marcas de su rostro, se calzó unas sandalias, un short (no demasiado corto, por si acaso tuviera que arrepentirse después), una camiseta y salió a la calle, equipada, eso sí, de buena música, procedente de una aplicación de su móvil y unos grandes auriculares, lo que le daba un aspecto de runner profesional.
 
Hacía un agradable tiempo de verano, el Sol rozaba su cuerpo llenándola de energía y la brisa fresca, que llegaba a pequeñas y cortas ráfagas, le aireaban la cabeza despejando así sus ideas y le arremolinaban de paso, su larga y cuidada cabellera.
 
Isis llegó finalmente a su parque favorito, donde compró pan en un pequeño y desvencijado kiosco repleto de todas las golosinas habidas y por haber. Entonces tomó asiento en un bonito, apartado y solitario banco de madera junto al estanque de los patos, les dio de comer y se quedó largo tiempo contemplando a esas maravillosas aves, había de todos los colores; con plumaje blanco, verde, colores mezclados….
 
Tras una larga hora de ensimismamiento se le acercó un perro enorme meneando la cola y con la lengua fuera, que se abalanzó y saltó sobre ella. El can sin pensárselo le rodeó el cuello con sus patas regalándole un gratificante abrazo y le lamió la cara. Era un precioso labrador color chocolate, de largo y cuidado pelaje, pequeños y expresivos ojos azules y grandes patas. Tenía un bonito collar azul a juego con sus ojos, con una pequeña placa metálica en forma de hueso.
 
—¡Hola cosita! ¿Y tú cómo te llamas? ¿Dónde está tu dueño, bonito? —Preguntó Isis al cuadrúpedo en tono afable.
 
Isis pensó para sus adentros… (“¡Por fin! Por fin una caricia sincera, un acto de amor…”) Pero enseguida sus pensamientos se vieron interrumpidos, pues apareció el dueño del perro corriendo y lo llamó.
 
—¡Golfo! ¡Ven aquí, anda, deja a la señorita tranquila! Disculpe, es que es ver a una mujer bonita y se disparata. ¿Le ensució la ropa? —Le preguntó apurado.
 
—No, no se preocupe, la ropa está bien y me encantan los animales, así que no hay problema, por cierto es precioso. —Contestó Isis con amabilidad y sonrojada, ya que no había pasado por alto el comentario que había hecho él sobre que era una mujer bonita.
 
—Gracias, parece que a él también le gustaste. —Rió con gesto tierno.
 
Las babas de Golfo, habían hecho estragos y habían borrado parte del maquillaje de su rostro y el hombre se percató de lo que ocultaba tras él, lo que le cogió por sorpresa y le habló con el mayor cuidado posible.
 
—Perdone por el atrevimiento, pero ¿se encuentra usted bien?
 
—Sí, sí, sí... claro, muy bien... gracias. —Dijo Isis atropelladamente por los nervios.
 
Él, que no quería ponerla en ningún compromiso, y no era quién para seguir indagando en el asunto, pues no conocía las causas de sus heridas, actuó como creyó conveniente.
 
—Bueno, en ese caso, disculpe las molestias y que tenga un buen día. Por cierto, tome mi tarjeta que estoy haciendo propaganda del negocio a la vez que paseaba a éste, —dijo señalando al perro. —Y las estaba repartiendo por la zona.
 
—Gracias, muy amable, contestó mientras cogía la tarjeta que le entregaba el desconocido. Que tenga un buen día. ¡Adiós Golfo! —Le dijo al can acariciándole la cabeza.
 
 
Se despidieron, guardó la pequeña tarjeta sin ni si quiera mirarla en la cartera y se puso en marcha, rumbo a su casa, para llegar antes que su marido. Aunque se le había pasado el tiempo volando; entre el paseo, la abstracción con los patos; como le pasaba siempre cuando iba a verlos, ya que le encantaban, y el encuentro con el extraño del perro... Se puso muy nerviosa al ver la hora, pues no quería decepcionarlo ni enfadarlo de nuevo, así que enseguida aceleró el paso lo más que pudo, hasta el extremo de casi ir corriendo. Su cara que hasta entonces era la viva imagen de la tranquilidad y de la felicidad más pura, se tornó ipso facto en un semblante lleno de pavor.
 
  • LisaClasbenLynn-image LisaClasbenLynn - 23/07/2019

    Desde que salio a pasear pude ver venir el final del capítulo, es frustrante. Sinceramente, no confió en el tipo con el que se encontró, aunque es bonito que alguien se preocupará por la situación de Isis (al menos en parte). Seguiré leyendo y veré en que acaba.

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