De vuelta a las cavernas

Psicología de amor

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Isis tardó bastante en llegar a su casa pese a que había corrido tanto como pudo. Nerviosa y con mano temblorosa se persignó; aunque no era muy católica, a algo tenía que acogerse en ese momento. Tras rezar todo lo que se le ocurrió en ese instante, abrió lentamente la puerta de la entrada.
 
—¡Isis! ¡¿Dónde estabas metida?! ¡Llevo aquí una hora esperándote para comer! ¡Encima que te traigo flores! ¡No te las mereces! —Gritó lanzándoselas a la cara.
 
—Pero Steeve cariño, estaba dando una vuelta, necesitaba coger aire y se me pasó el tiempo, perdona. Son preciosas, muchas gracias mi amor. —Dijo esquivándolas como pudo y recogiéndolas del suelo.
—¡Ni cariño, ni amor, ni nada! ¡Sabes perfectamente que llego muy cansado del trabajo y muerto de hambre y ni si quiera estaba la mesa puesta! —Siguió bramando.
 
Entonces... ¡Zas! le propinó un nuevo golpe en la cara, e Isis, con los ojos aguados, impasible y sin mediar palabra alguna, comenzó a prepararle la maldita comida. Almorzaron juntos, al menos en cuerpo, cuerpos vacíos y sin voluntad pues los pensamientos y el alma de cada uno se encontraban separados por kilómetros de distancia. No se dirigieron la palabra en ningún momento, había un silencio sepulcral que prolongaba la agonía sufrida y que se alargó durante toda la comida, luego, cuando acabaron, Steeve volvió al trabajo.
 
Isis recogió la cocina y luego se arrastró al sillón compungida y encendió la televisión. Al tumbarse sobre la cama, para acomodarse, sacó de sus bolsillos las llaves, el móvil y la cartera de la cual cayó una pequeña tarjeta negra con letras doradas muy elegante. No se acordaba de que se la había entregado aquel extraño encantador, del perro.
 
La miró con curiosidad y la apartó hacia un lado para tirarla cuando se incorporase del sillón. Estuvo un rato contemplándola desde la distancia, inquieta, no sabía muy bien el por qué, pero no era capaz de concentrarse en la caja tonta, su mirada se perdía en la inmensidad, allí donde reposaba el pequeño pedazo de cartulina. Al cabo de unos minutos, sin saber cómo, actuando por impulso, la tarjeta reposaba sobre sus manos, alzó la vista y enfocó como pudo entre sus lágrimas lo que estaba escrito y, para su sorpresa, en el cartón rezaba: "...Consultoría psicológica Robert Collins Brown. Teléfono: 606935825..." 
 
(“Mmm… ¿Y si lo llamo por curiosidad? No, no, no. No creo que sea buena idea... ¿O sí?". Pensó).
 
Cogió el teléfono y lo soltó varias veces. Indecisa decidió coger uno de los girasoles que había recogido con anterioridad del suelo y quitarle los grandes y escasos pétalos que les quedaba al son de: "...lo llamo, no lo llamo, lo llamo, no lo llamo...". Finalmente, el azar se decantó por el sí, así que, algo reacia y poco convencida descolgó el teléfono y marcó el número de la tarjeta. Empezaba bien la llamada, al menos el hilo musical de espera era de su agrado, una bonita y rítmica canción actual. Tuvieron que sonar cinco tonos antes de que una voz de mujer, media ronca y al parecer de edad avanzada respondiera:
 
—Buenas tardes, consultoría psicológica Robert Collins Brown, le atiende Claire Bennett, ¿en qué puedo ayudarle?.
—Buenas tardes, pues... me gustaría hablar con el señor Collins, por favor. —Respondió dubitativamente.
 
—Perfecto, un momento por favor, manténgase a la espera.
 
Y volvió a sonar el alegre hilo musical. Cada vez Isis estaba más nerviosa, pero al menos la música calmaba un poco el latido desenfrenado de su corazón, que parecía apunto de estallar.
 
—Hola, buenas tardes, le atiende Robert Collins, ¿en qué puedo ayudarle?
 
—Buenas tardes, pues... esto... verá... No creo que me recuerde, estaba usted en el parque... cuando su perro, Golfo, se subió en mí... (se quedó en silencio durante un buen rato).
 
—¿Oiga? ¿Se encuentra al teléfono? No sé si está ahí, ¿me escucha? Me acuerdo de usted, sí (obviamente se acordaba, pues solo le había entregado a ella la tarjeta como estrategia para ayudarla). ¿Cuál es el motivo de su llamada? (Más silencio). Bueno, no sé si me estará escuchando pero si quiere mañana puede venir sobre esta hora a recibir una primera consulta gratuita y hablamos mejor, que tenga un buen día.
 
Brown se quedó pensando en la llamada, reflexionando, para ver cómo podía ayudarla. ¿Había hecho todo lo posible? ¿Podía haber hecho algo más? Ya le había dejado la tarjeta con la excusa de que las estaba repartiendo para que no se sintiera violenta a la hora de recibirla, le había dejado las puertas abiertas para una consulta gratutita por si no podía costeársela… ¿Pero sería suficiente? ¿Iría? ¿Qué más hacer? Estaba casi convencido de que se trataba de un caso de violencia de género pero aún no contaba con las pruebas suficientes, era ella quien debía dar el primer paso y dejarse ayudar. 
 
 
Isis se quedó al otro lado del teléfono sin articular palabra, (¿qué había hecho? ¡Qué tonta había sido al llamar!… ¿Para qué necesitaba ayuda ella? Solo era una bronca normal de pareja... y encima había sido culpa de ella. Pensó).

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