Entre la Luna y los demonios

Psicología de amor

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¡Crac! De repente se abrió la puerta de la entrada de la casa e Isis, apurada, colgó el teléfono, recogió todo tan rápido como pudo devolviéndolo a sus bolsillos y bajó corriendo a recibir a su amado Steeve.
 
—¡Hola cariño! ¿Qué tal? ¿Cómo te fue en el trabajo esta tarde? —Preguntó sonriendo de par en par intentando disimular los nervios.
 
—Hola Isis, bien la verdad. Hoy hemos hecho una buena inversión y la cosa ha salido mucho mejor de lo esperado, parece que por fin mis esfuerzos se ven recompensados. —Dijo de un extraño e inusual buen humor.
—¡Qué bueno! Para celebrarlo te prepararé tu cena favorita, cariño. Te haré tus platos preferidos. Lo mejor para mi amorcito. Y, así, me disculpo por lo de antes.
 
Y, sin más deparo, se fueron cada uno por su lado; él desfiló rumbo a la habitación a ponerse el atuendo propio de andar por casa, sus pantalones y camiseta raída que tanto le gustaban y que tan mal le formaban. Mientras su esposa, emocionada por la actitud y la felicidad repentina de su marido, se esforzaba por darle la mejor comida de su vida para complacerlo.
 
Ya con la mesa puesta Isis llamó a su esposo para que fuera a cenar, tuvieron una buena velada. Comieron en el pequeño jardín a la luz de una Luna llena en su máximo esplendor, arropados bajo el manto de estrellas, embriagados por una cálida brisa de verano... y, también, por el vino. Acabada la cena fueron a la sala de estar para recostarse a ver una película en plan romántico. Steeve se adelantó para ir eligiendo una, seguramente todo lo contrario a lo que pueda considerarse de amor, mientras ella recogía la mesa y fregaba la loza.
 
¡Plash! ¡Crac! ¡Pum! De repente del piso de arriba se empezaron a escuchar unos ruidos ensordecedores y por la ventana Isis vislumbró una descomunal lluvia de cosas cayendo sin parar y salió apresurada a la calle a ver qué sucedía.
 
Alzó la mirada hacia arriba y se encontró con que era Steeve lanzando como loco todas sus pertenencias por el balcón. Esta, extrañada, subió corriendo a toda velocidad a la habitación superior para dar con su marido y preguntarle qué pasaba.
 
—¡Cariño! ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tirando todo? ¡Para por favor! —Instó ella al borde del llanto sujetándolo por la espalda.
—¡¿Quién coño te crees que eres para llamar a ese psicologucho de mierda?! ¡¿A caso te acuestas con él?! —Preguntó fuera de sí. —Además, ¡suéltame, no se te ocurra tocarme!
 
—¿Qué psicólogo mi amor? —Intentó fingir Isis.
 
—¡No te hagas la tonta, mujer! ¡Esta tarjeta estaba en el sillón! ¡Ven aquí, anda! ¡Atrévete a mentirme mirándome a la cara! —Continuó gritando.
 
Y es que en el intento de antes de Isis por recoger todo de la cama apurada, por lo que se ve, se había dejado la tarjeta tirada sobre ella, con tan mala suerte de que él la había encontrado, lo que había iniciado todo este dichoso conflicto.
 
—Pero mi amor... yo... No llegué a hablar con él... simplemente me la dio cuando estaba repartiendo publicidad en el parque y... —Siguió excusándose cada vez más alterada y nerviosa.
—¡Ah! ¡¿Qué estabas en el parque encima?! ¡¿Y cuándo fuiste tú al jodido parque?! ¡¿Pensabas decírmelo algún día?! —Gritó, aunque más que un grito sonó a un ladrido y entonces se mascó la tragedia.
 
¡Zas! Como era costumbre le cruzó la cara, pero esta vez la cosa no se quedó ahí, empezó a golpearla frenéticamente, primero con las manos, luego con los pies... no era capaz de contener su rabia, se habían desatado todos sus demonios escondidos, esto no habría flor que lo reparase.
 
Al principio Isis trató de protegerse con las manos, pero fue incapaz, por lo que se hizo un ovillo en el suelo para evitar los golpes en el estómago. 
 
Finalmente, arrastrándose como pudo y enjugándose los ojos, fue saliendo de la habitación e incorporándose poco a poco hasta ponerse en pie y salir corriendo de la casa, huyendo de su vida y dejando todo atrás.
 
 
—¡¿A dónde vas?! ¡Cobarde! Ven aquí...!            —Siguió bramando Steeve desde la lejanía, mientras se iba difuminado su voz poco a poco con los ruidos de la noche y la distancia, hasta que terminó por desaparecer por completo.

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