Mar de lágrimas

Psicología de amor

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Isis, bañada en lágrimas y resentida de los golpes, corrió hasta "su parque". No tenía a dónde ir, había perdido todas sus amistades tiempo atrás, no recordaba bien cuándo, y no quería preocupar a sus padres, de los que se había distanciado sin saber muy bien por qué desde que había empezado a convivir con Steeve. Además, tampoco había cogido su teléfono móvil, ni siquiera su cartera... (¿Qué hacer? ¿A dónde ir? Se preguntaba mientras seguía sumida en un mar de lágrima).
 
Finalmente, Isis se quedó dormida, semiarrodillada, apoyada sobre su fuente favorita, a la que tantas miserias le había contado en numerosas ocasiones sin obtener ni una respuesta. Tuvo pesadillas de todo tipo y se levantó excesivamente temprano, sobresaltada, alrededor de las seis, dolorida aún por la paliza y por la posición en la quedó postrada en la noche.
 
Aún confundida y perdida sin saber qué hacer, caminó cabizbaja por el parque reflexionando, aunque le dolía todo el cuerpo a cada paso que daba. (Igual si me disculpo... El pobre... tiene razón, se lo debería haber comentado... y no debí llamar a ese hombre... es normal que se pensara que lo engañaba…. Pensó Isis, como siempre justificando a su marido).
 
Pero algo en su interior, bueno y en su exterior... le decía que no debía acudir a él esta vez, que ella no se merecía un trato así y menos que le pegaran, nadie merece eso por muy mal que haya actuado. Así pasó largo tiempo, pensando y asimilando la situación, hasta que por fin se autoconvenció y se dispuso a ir a ver al extraño del parque a su consulta.
 
Anduvo durante un buen rato hasta llegar a un edificio alto de unas ocho plantas, antiguo, pero majestuoso y bien acondicionado, con grandes ventanales y bonitas flores decorando los pequeños balcones.
 
Entonces se acercó al portal y, hecha un mar de dudas, pulsó el número donde se apreciaba una pegatina con el nombre del psicólogo.
 
¡Brrr, brrr! Sonó el portero de la consultoría, y pasados unos segundos contestó la misma voz ronca de mujer que le había hablado por teléfono:
 
—Buenos días, adelante, pase. —Dijo amablemente.
 
Isis empujó y abrió la puerta, tomó el viejo y herrumbriento ascensor y pulsó otro botón que ponía: "Consultoría psicológica Robert Collins Brown". La espera mientras subía por él se le antojó eterna y el traqueteo del elevador le hacía resentirse de sus recientes golpes.
 
Por fin abandonó el ascensor y entró a la consulta. Era bonita, bien cuidada y minimalista, nada que ver con el interior del edificio, por lo visto solo habían reformado la fachada. Enseguida le atendió la recepcionista; una anciana, con atuendos extravagantes, desaliñada, con un moño por cabellera y poco atractiva.
 
—Buenos días, ¿tenía consulta hoy?                  —Preguntó con su particular tono rudo de voz.
 
—Buenos días, pues ayer hablé con usted y el señor Collins por teléfono, soy Isis. Me concertó cita para esta tarde, pero si tuviera un hueco libre me gustaría hablar con él ahora, por favor, es muy urgente. —Le dijo casi rogando.
 
La secretaria, que vio la preocupación en la cara de Isis, se mostró más comprensiva y le habló con tono más cariñoso y cercano.
 
—Déjame mirar cariño, porque el señor Collins es un hombre muy ocupado y solo trabaja por citas. Un segundo, voy a avisarle a ver qué podemos hacer.
 
Así, la mujer, renqueando un poco por la edad, desapareció en busca de Brown. Isis tomó asiento en una silla negra de plástico y se acomodó como pudo, pues las magulladuras le molestaban, mientras esperaba. No hacía más que darle vueltas a la cabeza, la cual le dolía por los golpes y el haber dormido mal, como si le estuvieran clavando cuchillos. Su ensimismamiento fue interrumpido de repente cuando regresó la señora:
 
—Disculpa la espera, dice que puedes pasar cielo. —Continuó en tono cercano y cariñoso.
—De acuerdo, muchas gracias.
 
—Sígueme, por favor, es por aquí. —Añadió con una inclinación de cabeza.
 
Acompañó a la secretaria por un estrecho pasillo hasta llegar a una puerta donde rezaba el nombre del psicólogo en una bonita placa dorada. ¡Toc, toc! Llamó a la puerta.
 
—Adelante, pase, pase.
 
 
Isis agarró con mano temblorosa y sin mucho convencimiento el picaporte de la puerta y presionó hacia abajo, hasta que, con un ligero, ¡clic! se abrió. Entonces la empujó lentamente hacia dentro, dirigiéndole una última mirada llena de agradecimiento a la señora. Avanzó hacia una pequeña sala muy bonita pese a estar medio en penumbras. Tenía una silla baja donde estaba sentado Robert, y otra reclinable a su lado que parecía confortable, estaba echada hacia detrás y estaba hecha de un cálido y acogedor cuero negro.
 

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