Entrelazando almas

Psicología de amor

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Salieron de la consulta y cogieron el ascensor, estaba ocupado por cuatro personas más, pero se suponía, según las indicaciones del cartel, que cabían seis, así que entraron. Pero pronto se arrepintieron de ello (como siempre el cálculo lo había hecho algún iluminado pensando que es de agrado ir como sardinas en lata, pensó Brown).
 
Entraron y se acomodaron como pudieron, quedando muy pegados, de frente, cara a cara. Era una situación extraña y algo incómoda, se palpaba tensión entre ambos y sus miradas no paraban de encontrase y perderse en lo más profundo de la del otro. Se exploraron a conciencia y sintieron que conectaban, parecía como si sus almas se hubieran entrelazado.
 
Isis, hasta entonces no se había fijado en la belleza de Collins; pelo color ceniza y de peinado moderno, cara angulosa, ojos color miel, que delataban una mirada profunda, barba recortada y cuerpo atlético. De repente se ruborizó por verlo de esa manera a la vez que se sintió culpable por admirar a otro hombre que no fuera Steeve, era algo impropio de ella. Por su parte, él disimulaba como podía rascándose la barbilla y apartando la mirada rápidamente cuando notaba la de ella.
 
Por fin llegó el momento de salir del ascensor; entre el calor, el vapor condensado por las respiraciones, que empañaba los cristales y la tensión constante, fue agradable abandonarlo y respirar aire, aunque fuera el de un garaje con olor a gasolina, humedad y hollín. No mediaron palabra hasta el coche, cada uno abstraído con sus propios pensamientos.
 
 
Al poco de andar por el parking, Collins señaló un coche con la mano.
 
—Éste es. —Dijo indicando un bonito Porsche deportivo color plata.
 
Muy caballeroso, se adelantó para abrirle la puerta a Isis, justo en ese momento se dio cuenta de que su ropa, sobre todo el pantalón, estaba sucia, de lo que parecía barro, seguramente por la noche anterior, ya que la había pasado durmiendo en el parque. Y haciendo acto de galantería le preguntó:
 
—Antes de comer, ¿te apetece acompañarme un momento al centro comercial? Necesito comprar unas cosas. —Fingió para no obtener la negativa que se esperaba, aunque obviamente lo que pretendía era buscarle un atuendo digno y apropiado para ella.
 
—Sí, claro. Además no tengo mucha hambre aún. Con los nervios tengo el estómago cerrado. —Respondió poco convencida de la idea, pues no le apetecía estar en un lugar repleto de gente, pero no podía llevarle la contraria con lo bien que se había portado con ella.
 
—Genial, pues en marcha.
 
—Perfecto, —respondió ella mientras se subía al coche y se abrochaba el cinturón, el cual le hizo daño en el dolorido costado.
 
Entonces Robert puso en marcha el automóvil, (¡cómo sonaba! pensó Isis). Y salieron rumbo al centro comercial que estaba a diez minutos de la consulta. Por el camino Brown puso el Spotify conectando el bluetooth del móvil a la radio.
 
—Elige la canción que te guste Isis.
 
 
—Es tu coche, elige tú mejor. —Río por primera vez, aunque su risa sonó media forzada y fue más provocada por los nervios que por otro motivo.
 
—De acuerdo va, a ver qué tal esta, dime si te gusta. Suelo tener gustos raros o eso dice mi mujer al menos.
 
Sorprendentemente, la canción que empezó a sonar le encantaba, era su favorita.
 
—¿Te gusta entonces, o la cambio?
 
—Me gusta... un poco... ¡Bastante! Casualmente es una de mis preferidas de las de hoy en día. Me gusta mucho el grupo y este single en concreto es una pasada.
 
—¿En serio? También la mía, que coincidencia, ¿eh? Yo no sé por qué a ella no le gusta, es... simplemente genial. —Dijo sonriéndole con gesto pícaro.
—Pues sí, la verdad. Pero bueno tú sabes que sobre gustos... no hay nada escrito.
 
—Tienes razón, ella se lo pierde,—dijo entre risas.
 
Prosiguieron el resto del camino escuchando canciones en las que compartían el mismo gusto. Pero no hablaron gran cosa, salvo para reafirmar que estas eran de su agrado, querían simplemente dejarse llevar por la melodía y no pensar en otra cosa.
 
 
Finalmente llegaron al imponente centro comercial, que estaba bastante lleno, pero por suerte, mucha suerte, encontraron aparcamiento en la misma entrada, justo al lado de un coqueto coche antiguo, pero muy cuidado. Era bicolor; negro y granate metalizado, con la defensa y la parrilla metálica. Era realmente bonito. Bajaron del coche y caminaron hacia el interior, mientras continuaban hablando sobre sus gustos musicales.
 

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