Compras, ¿en Nueva York?

Psicología de amor

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El centro comercial era precioso; la entrada simulaba a la de una de esas antiguas puertas de cine y su interior contaba con unas descomunales claraboyas que proyectaban gran luminosidad, las tiendas estaban ambientadas en las calles de Nueva York, parecían gigantes rascacielos y estaban llenas de enormes pantallas con todo tipo de información e indicaciones, todo estaba bien distribuido y ordenado, era digno de admirar cómo habían realizado una réplica casi exacta de la ciudad a pequeña escala.
 
Una vez dentro se dirigieron, atravesando numerosas boutiques, a una pequeña tienda más apartada y escondida, que Isis no conocía. Era bastante peculiar y estaba decorada de manera extravagante; los maniquíes colgaban del techo y de las paredes, que eran de diversos colores y estampados, era simplemente asombroso.
 
Pasaron al interior y, para sorpresa de Isis, era una tienda de moda única y exclusivamente femenina, la ropa era espectacular. (¿Qué pretendía hacer Robert ahí? ¿Me traería para que le diera opinión sobre algún regalo para su mujer? Pues vaya broma de mal gusto… Estoy yo ahora para estas cosas… Pensó).
 
—Elige lo que quieras, si te vas a quedar unos días en mi casa necesitarás ropa, ¿no?.
 
—¡No, no! ¡Brown, no puedo aceptar esto! Pensaba que me traías para que te aconsejase algo para tu mujer, pero… Ya bastante haces dejándome quedar en tu casa sin apenas conocernos... Esto ya es demasiado, además, ¿qué pensará ella?—preguntó apurada.
 
—Tranquila, no es un regalo ni mucho menos, tómatelo simplemente como un adelanto de tu sueldo. Ya me lo devolverás más adelante.
 
—Pero… ¿Seguro? Es que... es un poco extraño todo esto, como te dije no quiero traerte problemas… pero sí que me hace falta…
 
—Seguro, te lo descontaré de tus honorarios, no te preocupes y elige un par de cosas.               —Respondió interrumpiéndola de sus múltiples excusas.
 
—Muchas gracias de nuevo, no sé como te podré agradecer nunca todo esto que estás haciendo por mí. —Dijo aún sin estar convencida del todo.
 
Se pasaron dos horas comprando en las que se probó de todo lo habido y por haber. Parecía que la tienda estaba hecha para ella, todo le sentaba fantástico pese a no encontrarse en su mejor momento. Le hizo un pequeño desfile privado a Collins con todas las prendas que se ponía, se le veía feliz, o por lo menos eso reflejaba su semblante, aunque en su interior siguiera destrozada. Pero por un momento, un breve momento, se sintió liberada y “feliz”.
 
Al final se decantó por dos vestidos, tres camisetas, unos vaqueros, dos pantalones cortos y un suéter, entre otras cosas. Además se compró bastante ropa interior, pero no desfiló con ella por pudor y respeto a su marido. Lo mejor fue el precio, una verdadera ganga. Se dirigió hacia la caja dispuesta a pagar con el dinero que Brown le había dejado mientras él abandonaba la estancia para ir al baño.
 
Una vez pagó, tras un largo tiempo de espera en la cola, abandonó la tienda y se encontró a Collins, sentado enfrente, en un banco, acompañado de una bolsa en la que se intuía una pequeña caja en su interior.
—Pues listo ya pagué, gracias de nuevo, de verdad. ¿Nos vamos o tienes algo más que hacer antes de comer aquí?
 
—No, simplemente darte esto y nos vamos al restaurante. —Sonrío y le guiñó un ojo.
 
—¿También para mí? Pero... —Preguntó atónita Isis.
 
—Sí, lo necesitarás si vas a cuidar a mi hijo.    —Contestó sin dejarle terminar de hablar.
 
—¡Qué nervios! ¿Qué será? —Dijo poniendo de repente voz de niña pequeña.
 
—Ábrelo a ver, rió al ver la cara ilusionada de ella.
 
Con torpeza desembaló la caja que habían envuelto en la misma tienda. Era un teléfono móvil, pero no uno cualquiera, sino uno de última generación... (¿Por qué se portaba tan bien con ella? Se volvió a preguntar).
 
—Pero… Esto... Es muy caro, no lo necesito, no tenías que molestarte más...
 
—Es tú móvil de trabajo, si no ¿cómo me avisarás si le pasa algo a mi hijo? Además, que ya mañana viene del campamento y lo conocerás, no puedo dejarles incomunicados.
 
—Vale, pero desde que tenga uno te lo devuelvo o te pago este o lo que sea.
 
—Como veas, tú no te preocupes, tómalo como tu herramienta de trabajo. Pues listo, vámonos a comer, que estoy muerto de hambre. —Rió tocándose la barriga y cambiando de tema.
 
—Sí, perfecto a mí también me ha entrado un poco. —Dijo Isis que no se oponía mucho a nada y se dejaba arrastrar, como si de un espíritu errante se tratase. Todo era muy precipitado y, después de todo lo que había sufrido, debería rehuirle a los hombres. Sin embargo, por alguna extraña razón, no sentía miedo de Robert.
 
 
Abandonaron el recinto y fueron hacia el coche. El Sol había aflojado, abrasaba la piel pero sin quemarla, la tarde estaba agradable y el aire traía consigo los aromas frescos de los árboles y flores cercanas, lo que trasladaba la mente inconscientemente a la montaña.

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