Volviendo a los 80

Psicología de amor

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Isis se fijó que el precioso coche antiguo había desaparecido, una lástima, por algún extraño motivo quería volver a ver ese peculiar e increíble automóvil.
 
Sin más deparo Brown le abrió la puerta, se subieron al Porsche y se dirigieron al restaurante, compartiendo de nuevo gratificantes momentos musicales, incluso en ocasiones él se animó a cantar, lo que ocasionó que Isis soltase alguna tímida risotada pese a no estar de humor para ello.
 
Tardaron alrededor de unos quince minutos en llegar. Otra vez tuvieron buena suerte y encontraron sitio enseguida, estaba claro que Robert tenía uno de esos días en los que encuentras sitio por difícil que parezca en cualquier parte. Aparcaron debajo de un árbol frondoso y majestuoso con flores color lila, ideal para que le diera la sombra y no se recalentase. Entonces Isis se fijó en el local.
 
El bar era muy ochentero; peculiares bancos de cuero de color rojo y blanco a rayas, las paredes, pintadas de color aguamarina con una pequeña cenefa a cuadros blancos y negros, estaban llenas de enormes y pulidas cristaleras que hacían juego con el suelo, que imitaba el tablero de un ajedrez, había una antigua cabina telefónica roja adherida al paredón, numerosos cuadros a modo de cartel metálico y un reloj muy llamativo, además, estaba repleto de motos por doquier y las cartas de los comensales imitaban a los padres de nuestros CD's convencionales, los vinilos. Una ambientación muy bien recreada de los años ochenta, que hacía del lugar un sitio entrañable, mágico y muy acogedor.
 
Tomaron asiento en una mesa pegada a la cristalera más amplia aprovechando que se levantaban unos clientes, lo que fue perfecto porque tendrían vistas al parque. El camarero se les acercó enseguida a tomarles la comanda pese a que el bar estaba bastante lleno.
 
—¡Buenas tardes! ¿Ya saben lo que quieren para beber?
 
—Buenas tardes, yo quiero una botella de agua, —dijo Isis.
 
—Yo una copa de vino tinto, —añadió Collins.
 
—Bueno, que sean dos, —replicó ella pensando en que ya de perdidos al río.
 
—Perfecto, marchando, ya mismo les traigo la carta para la comida.
 
—Gracias, —respondieron al unísono.
—¿Qué te parece el sitio? Muy ochentero, ¿eh?
 
—Pues sí, pero muy bonito, había pasado por delante muchas veces, pero no había entrado, me gusta.
 
El camarero interrumpió la conversación llegando con las cartas, no había tardado ni dos minuto en volver.
 
—Disculpen, aquí tienen.
 
—Gracias. 
 
El enorme vinilo que tenían por carta hizo que sus caras desaparecieran mientras la leían. Había de todo, desde bocadillos, hasta carnes y platos combinados. Tardaron como cinco minutos en decidirse, hasta que el camarero volvió a aparecer.
 
—¿Ya saben que van a comer?
 
Brown se adelantó esta vez:
 
—Yo quiero unas costillas caramelizadas, con patatas fritas y salsa barbacoa.
 
—Otro plato igual para mí.
 
—De acuerdo, disculpen. —Dijo el camarero retirando las cartas y entonces desapareció.
 
En lo que venía la comida estuvieron hablando de a qué se había dedicado Isis y sobre sus gustos, los cuales sorprendieron a Collins. Había estudiado magisterio de primaria y tenía el ciclo de administración y finanzas (el cual se había sacado para ayudar a su marido con su negocio, aunque este siempre le hacía caso omiso, como si ella no supiera de nada), le gustaba la lectura y la escritura, además del cine y el deporte.
 
—Vaya, eres una caja de sorpresas Isis pasaste de una carrera de letras a un ciclo de ciencias, ¿y nunca te dedicaste a nada de eso?.
 
—Bueno, una hace lo que puede. —Rió ruborizada. —Trabajé un año como profesora, pero quise ayudar a mi marido con su trabajo y me saqué el ciclo para echarle una mano… aunque nunca me hace caso en nada. Es realmente bueno en lo suyo y al final no me necesitó... —Dijo nerviosa y con los ojos vidriosos.
 
Menos mal que justo en ese momento llegó la comida y pudo ocultar rápidamente su nerviosismo y apartar el tema. Casi no hablaron mientras comían, pues estaban hambrientos, lo poco que se habló fueron temas banales y sin importancia ya que lo verdaderamente interesante en ese momento lo tenían en los platos. Estos eran enormes y la comida se desbordaba, estaban perfectamente presentados y el sabor era exquisito. Daba gusto comerlos, los sabores se mezclaban creando un éxtasis para el paladar.
 
 
Una vez terminaron de almorzar, estaban repletos, entonces Brown pidió la cuenta, pagó y fueron al coche para ir a casa a descansar, pues había sido un largo y duro día, sobre todo para ella que estaría deseando acostarse.

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