Desayuno del chef

Psicología de amor

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Eran ya las ocho de la mañana cuando el Sol penetró por la ventana de Isis recalando justamente en sus ojos. Esta apretó fuertemente los párpados por la molestia que le producía la cegadora luz, se tapó la cara con la manta e intentó seguir durmiendo, aunque fue en vano. De nuevo los recuerdos irrumpieron a su ya despierta mente.
 
Se desperezó en la cama y entreabrió los ojos como pudo, pues la claridad le encandilaba y le hacía ver un distorsionado paisaje moteado y centelleante. Lo primero en lo que se fijó fue que Golfo estaba dormido justo a su lado (¿cómo habría entrado? Se preguntó). Seguramente debió ser por la única ventana que había dejado entreabierta, pero no sabía cómo pudo llegar hasta ahí. Igualmente, contenta, lo saludó dándole un abrazo al que él correspondió lamiéndole la cara.
 
Lo siguiente con lo que se encontró fue con el libro que había estado leyendo en la noche y que había quedado arrugado bajo su cuerpo al dejarse dormir con él en las manos, se apresuró a estirarlo hoja a hoja descubriendo, para su sorpresa, que era un ejemplar inacabado, apenas tenía dos o tres páginas más de lo que había leído la noche anterior (¡vaya, una lástima! Me abría gustado leerlo entero, era fascinante, pensó).
 
Acto seguido fue al baño a darse una ducha, pues con el calor del verano, sus nocturnos nervios, su manía de taparse y sus movimientos en la cama mientras dormía, le habían perlado de un ligero aunque inodoro sudor el cuerpo. 
 
Se metió dentro de la bañera y dejó fluir el agua hasta que estuvo a la temperatura idónea, entonces se situó debajo y dejó que el rocío de la ducha acariciara su delicada y amoratada piel. Empezaba a enjabonarse el pelo cuando sonó su móvil, menos mal que lo había dejado al lado de la bañera. Sacó y estiró el brazo hasta alcanzar una toalla con la que se medio secó rápidamente, cogió el teléfono y lo descolgó al ver que se trataba de Robert.
 
—Buenos días, Brown, ¿qué tal?
 
—Buenos días, bien esperándote para desayunar en la cocina, me supuse que tendrías hambre y es lo único que no tiene la habitación de invitados.
 
—¡Ah, gracias! La verdad es que sí tengo hambre, me termino de duchar y voy enseguida.
 
—Perfecto, aquí te espero.
 
Colgó el teléfono y se apresuró a terminar de aclararse el pelo y secarse. Se puso uno de los vestidos veraniegos que había comprado y unos zapatos y fue hacia la cocina.
 
Tocó un portero que había en la puerta del garaje que conducía a la casa y Brown abrió desde la distancia. Entonces caminó por el pasillo hasta llegar a donde estaba él, atravesando gran parte de la casa.
 
—¿Qué tal durmió la señorita?
 
—Pues muy bien, mejor de lo que esperaba, gracias. ¿Y tú?
 
—¡Cómo un rey!, —respondió sonriendo.
 
—Me alegro, ¿qué preparabas?
 
—Pues mira, aquí el gran chef te ha preparado su plato especial; tostadas con mantequilla y café con leche, algo que es solo para paladares exquisitos, espero que te guste, es mi dos estrellas Michelín, —dijo entre risas. —Es que lo mío no es la cocina la verdad, tengo que admitirlo.
 
—¡Algún fallo tenía que tener! —Se sonrojó Isis, pues no pretendía decirlo en voz alta e intentó disimularlo sin mucho éxito carraspeando y añadiendo otra frase rápidamente, aunque él se hizo el loco. —No te preocupes es perfecto, —añadió devolviéndole una sonrisa.
 
Collins haciendo caso omiso al comentario, puso la comida en la mesa y le hizo un gesto para que se sentara en una silla frente a él. Empezaron a degustar el manjar que había preparado, con un silencio un poco incómodo por el comentario anterior o quizás por el hambre, no se sabía muy bien el por qué, aunque no pararon de mirarse disimuladamente. 
 
Una vez acabaron de comer y de haber metido todo en el lavavajillas, Brown le dijo que iría a recoger a su hijo al campamento y le invitó a que lo acompañase, propuesta que ella aceptó con gusto, pues al menos así se mantendría distraída. Él fue a coger sus cosas a su habitación y a su regreso fueron al garaje, se subieron al coche y salieron de la casa con su ya habitual ritual musical.
 

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