Las epopeyas del pequeño Collins

Psicología de amor

visibility

206.0

favorite

1

mode_comment

0


De camino a recoger al pequeño Collins, Golfo, que les acompañaba en el viaje, estaba ensimismado sacando la cabeza por la ventanilla mostrando su larga lengua al mundo, con el pelo y las orejas hacia atrás por el viento. De fondo sonaban las canciones del Spotify. Pero entonces Robert interrumpió el hilo musical para hablarle a Isis:
 
—A ver qué te parecen tus condiciones de trabajo, que aún no las hemos comentado: mira, te haría un contrato laboral a jornada completa donde cobrarías sobre los mil más dos dobles paga, teléfono y casa incluido por el momento, hasta que te encuentres con fuerzas y quieras irte a otro sitio, pero no hace falta que tengas prisa por eso, tu recupérate tranquila.
—Pues… ¡me parece fabuloso, son estupendas, eres tan amable! Gracias, ¿a partir de ahora tendré que llamarte jefe? —Preguntó ella de buen humor.
 
—No las des y no, no me llames jefe por favor, —dijo desternillándose de la risa. —¡Ah! por cierto, ahora antes de llegar al campamento pasaremos por una juguetería, quiero comprarle un videojuego a mi hijo que lleva tiempo pidiéndome, ¿vale?
 
—Claro, claro, sin problema. Vamos a donde tú digas. —Contestó en tono sumisa, la vieja costumbre que había adquirido con su marido.
 
—Estupendo, pues ya estamos llegando.
 
Efectivamente, una última canción sonó justo antes de llegar a la tienda y aparcar. Entraron al pequeño establecimiento, muy bien ambientado en el mundo manga y buscaron el videojuego de entre las estanterías pero no lo encontraron. 
 
Robert le preguntó al dependiente y este rebuscó en el almacén. Por suerte, tras unos minutos buscando, regresó con el último juego que le quedaba en las manos. Brown suspiró aliviado mientras sacaba la cartera y le pagaba.
 
Por una de las ventanas Isis volvió a ver de pasada ese antiguo coche que tanto llamaba su atención desde que lo vio en el centro comercial y se quedó contemplándolo hasta que se perdió en la lejanía fundiéndose con el horizonte.
 
—¿Te pasa algo? Preguntó Robert al verla con la mirada perdida.
 
—No… nada, nada, estaba contemplando el paisaje a través de la ventana, simplemente he visto un coche que me llamaba la atención pero ya se fue.
—¡Ah vale! Me habías preocupado. Pues ya hemos terminado aquí, vamos. Ya queda menos para que conozcas a mi hijo.
 
—No hay más tiempo que perder entonces, pongámonos en marcha.
 
Y así fue, salieron de la juguetería, se montaron de nuevo en el Porsche y se dirigieron hacia el campamento, que ya estaba a unos pocos metros de ahí, por lo que no tardaron nada más que unos diez minutos en llegar.
 
Aparcaron en un terraplén que había a la izquierda de la entrada, la cual era muy llamativa, infantil e incitaba a entrar, pues parecía que ofrecía la entrada a un mundo de fantasía lleno de alegría y de color.
 
Los niños empezaron a salir en fila india de a uno, y los padres fueron recogiéndolos, tardaron alrededor de cinco minutos en dar con el pequeño Collins, pues se había entretenido despidiéndose de los monitores y sus compañeros, era muy sociable.
 
—¡Hola papá! Ha sido una pasada, hicimos de todo y más. Hicimos... —Empezó a decir atropelladamente por los nervios pero Robert lo cortó antes de seguir para hacer las presentaciones oportunas.
 
—¡Hola granujilla! Me alegro que te gustara, pero espera, ven, quiero presentarte a alguien. Daniels esta es Isis y se va a encargar de ti cuando mamá y yo estemos trabajando, te caerá muy bien ya lo verás.
 
—¡Hola Daniels! Cuéntame, ¿qué tal lo pasaste, que hiciste?
 
—¡Hola! Respondió algo reacio de hablar al principio con la desconocida, aunque pronto hicieron buenas migas y empezó a narrarle todas sus aventuras en el campamento de camino al coche sin darle tregua ni pie casi a responderle.
 
—…Y luego hicimos rafting, fue lo mejor de todo, alucinante, ¡fliparías!
 
—¡Qué bien! ya me hubiera gustado a mí, siempre me gustaron las aventuras. —Dijo Isis riéndose contagiada por la emoción del pequeño.
 
—Seguro que sí, porque fue un pasote total,    —añadió Daniels.
 
 
Así prosiguieron todo el camino hasta llegar a casa, con las epopeyas del joven Collins. Que tenía mucho que contar, parecía que se le escapaba el tiempo para ello y no paraba de enlazar una historia con otra.
 

Este sitio usa cookies para tu sesión de usuario y mostrarte publicidad.

De acuerdo