Por otro lado

Psicología de amor

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—¡Bah! La muy perra salió corriendo y no la he vuelto a ver. ¿Te puedes creer? Dejarme a mí abandonado… Cómo si le hubiera hecho algo, con todo lo que hago por ella. Pues no lo entiendo. —Contaba Steeve enfadado a sus amigos en un bar tomando unas cervezas.
 
—¿Pero así, de la noche a la mañana esto? Hace no más de una semana nos contabas que estaban genial. Bueno, sí, las típicas discusiones de siempre, cuando le dan sus arrebatos infantiles pero nada importante… —Preguntó un tanto contrariado, pues pese a ser su amigo, habían cosas que no le convencían del todo, pero sabían que Steeve tenía un carácter un poco irascible y no le gustaba que lo contrariaran, por lo que le siguió la corriente.
 
—Ya ves… No entiendo nada. Pero estoy cansado de estas tonterías, esta noche salimos de marcha. Este que está aquí, —dijo señalándose. —Ha vuelto al mercado y está de caza, —rió.
 
—Bueno, tú siempre andas de caza bribón, pero esta vez con más razón, se puede decir que no están juntos ya. Así que vamos a pasarlo bien, te lo mereces. —Dijo el otro amigo, que era más cabeza loca y lanzado, así siempre había estado soltero.
 
—Pues ya saben, esta noche a las doce, en la discoteca de siempre, los tres mosqueteros se van de juerga. Allí nos vemos chavales. —Se terminó la jarra de un sorbo y salió del bar de camino al trabajo.
 
Steeve pasó la tarde en el trabajo malhumorado y haciendo las cosas deprisa para salir lo antes posible. Ya entrada las nueve de la noche, dejó lo que estaba haciendo, cogió la chaqueta y se fue a su casa, donde cenó y se arregló para la fiesta, parecía un muñequito de tarta, pues iban a un sitio de alto standing.
 
Llegó puntual a la puerta, pagó al taxi que lo acercó y fue a dar con sus amigos para entrar (la noche promete, pensó).
 
—¡Hombreee! aquí están mis guerreros, ¿qué tal chicos?
 
—¡Bien! Con ganas de pasarlo bien.
 
—¡De lujo! Hoy toca fiesta de la buena.
 
—Y cogernos a unas cuantas nenas, —guiñó Stevee el ojo con énfasis poniendo cara de pervertido.
 
—¿Seguro que estás bien para eso? —Le preguntaron.
 
—A ver, esto es secreto, pero estamos en el círculo de confianza así que os lo contaré. A veces, cuando Isis pensaba que estaba trabajando, me daba alguna escapada con alguna golfilla por ahí, —rió morboso.
 
—¡Te pasas! Pobre mujer, raro es que no haya huido antes, —sonrió por compromiso.
 
—¡Bueno, bueno! Eso es porque no la conoces, ella es quien se pasa. Tanta discusión no es sana y uno se cansa y siempre estoy haciendo todo por ella y ella me lo paga con cosas como esta. Pero bueno, no hemos venido a hablar de eso ahora. Vayamos adentro y disfrutemos.
 
Entraron los tres al local y se acercaron a la barra a pedirse unas copas y fueron a una mesa vacía donde charlaron distendidamente sobre coches, fútbol y mujeres, sobre todo de esto último, Steeve estaba desaforado con el tema.
 
Tras seis o siete copas se animaron a salir a la pista a bailar. Se pusieron a modo de corrillo y empezaron a danzar juntos. Steeve empezó a mirar a su alrededor en busca de alguna candidata. Poco tiempo después la encontró, mantuvo contacto visual con ella y se dirigieron varias miradas, entonces él abandonó al grupo sin mediar palabra y se fue a bailar con ella. 
 
Se le acercó por la espalda, la rodeó con sus brazos por la cintura y comenzó a restregarse, ella al principio se mostró algo reacia, pero pronto sucumbió a él, pues ella había venido a divertirse y por qué no, llevarse una alegría al cuerpo, para eso era libre. El baile se prolongó poco más de dos horas antes de abandonar juntos la discoteca y pedir un taxi que los llevase juntos a la casa de él. 
 
 
Ya desde la discoteca se habían besado y tocado lo suficiente para saber que escondía cada uno debajo de sus ropas. Él había recorrido toda su espalda hasta acabar con las manos por dentro del vestido tocando su voluptuoso trasero y, posteriormente, introduciendo sus dedos en el interior de su tanga, propiciando sonoros gemidos de ella silenciados en la distancia por la música pero perfectamente audibles por Steeve, que tenía la boca de ella justo en su oído. Pero fue en la casa donde se descubrieron verdaderamente y en donde se rindieron al placer. No hubo esquina ni mueble que se salvase de la desenfrenada escena sexual que se aconteció esa noche y a la mañana siguiente antes de despedirse, tras una escena de sexo en la ducha, para no volverse a ver nunca más.
 

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