Mientras tanto

Psicología de amor

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—¿Te puedes creer que me encontré ayer a mi mujer por la calle de manos con otro hombre? Menos mal que la otra noche la pasamos bien, ¿eh? —Contaba Steeve a sus amigos.
 
—¿En serio? Con lo modosita y buena chica que parecía Isis… Lo siento tío. —Dijo incrédulo.
 
—Me acabas de dejar alucinando, no lo esperaba para nada y menos así tan rápido y, ¿qué hiciste?
 
—Pues qué voy a hacer… le dije que me avisara si quiere vernos para que se lleve sus cosas y que no quería verla más, que se había comportado fatal y que estaba dolido, —mintió.
 
Los amigos estuvieron largo tiempo hablando con él poniendo verde a Isis hasta cansarse. Luego pasaron al postre, la noche anterior, donde Steeve no paraba de fardar de que se había acostado, varias veces, con aquella mujer mientras ellos bailaban borrachos en la pista hasta que cerraron la discoteca.
 
—¡Vaya! Ojalá para mí ligar fuera tan fácil pero es que me da vergüenza y no me gusta acostarme con alguien que no conozco. Pero debería de probar la experiencia algún día. —Dijo uno de los amigos para no decir lo que de verdad pensaba, que su amigo era un poco “cerdo”.
 
—Pues yo no creo que fuera buena idea la verdad, es más, sigo un poco extrañado con lo de tu mujer, no me parece de esas perdona que te lo diga amigo. —Respondió el otro amigo.
 
En ese momento, las palabras que se adentraron por sus oídos le hicieron entrar en cólera. Y estallar contra ellos demostrándoles su verdadera cara, algo que medio conocían ya y por eso tenían siempre algo de miedo al contarle las cosas, pero como amigos que eran sabían como tratarlo.
 
—¡Amigos! ¿Os hacéis llamar amigos? ¡Vaya panda de subnormales, me cuestionan a mí cuando la culpable aquí es la hedionda de mi mujer! Es ella quien se largó, es ella quien estaba con otra persona…
 
—Calma Steeve, se te está yendo la olla, no es contra nosotros con quien te tienes que poner así, ya está tío.
 
Tras mandarlos a la mierda cogió sus cosas y se fue solo a su casa, creyendo ciegamente en que actuaba ahora y siempre lo hacía también, correctamente. 
 
Al llegar cogió un vaso de whisky y la botella, se apoltronó en el sillón con los pies sobre la mesa y empezó a darle a la vida maldiciendo a todo el mundo, sobre todo a su esposa. Tras cinco o seis copas la cabeza empezaba a darle vueltas y no era muy consciente de sus actos. Cogió el móvil y llamó a uno de sus amigos:
 
—¡Chaval! ¿Siguen juntos?
 
—Sí, ¿qué pasa?
 
—Pon el manos libres, por favor.
 
—Ya está.
 
—Disculpen amigos por la escena de antes, estoy mal y la pagué con quien no debía, os quiero.
 
—¿Estás borracho?
 
—Borracho y solo…
 
Estuvieron unos minutos hablando en los que lo perdonaron o, más bien, hicieron la vista gorda y lo consolaron. Cuando se encontraba mejor de ánimos colgó el teléfono y, "teniéndolos bien puesto”, hizo otra llamada:
 
—¿Steeve? ¿Eres tú?
 
—Claro cariño, ¿quién si no? ¿Estás con el otro verdad?
—No, estaba en la ducha ahora mismo, ¿qué pasa? ¿Estás borracho?
 
—¿En la ducha después de estar con él? Isis yo te quiero.
 
—Definitivamente, estás borracho. Hablamos en otro momento, yo te llamo, no me llames por favor, necesito pensar. Yo también te quiero, —dijo sin pensar antes de colgar.
 
—¿Isis? ¿Isis? ¡Maldita puta! Me ha colgado, pero aún me quiere, lo ha dicho, volverá a ser mía, eso es que está arrepentida. —Habló solo al teléfono hasta quedarse dormido y roncando como un poseso.
 
Isis por su parte no daba crédito a lo que acaba de suceder, una vez más, aunque esta vez borracho, parecía diferente, no se había enfadado con ella, parecía más bien un niño perdido y asustado, ¿o acaso eran imaginaciones suyas? ¿Pretendía enmendar las cosas y cambiar? ¿Era de verdad esta vez? Pero ya había tenido muchas oportunidades para hacerlo y siempre era igual pero ella quería creer que había alguna posibilidad y se aferraba a eso. ¿Se habían dicho te quiero? ¿Cuánto llevaba sin oírlo? Miles de incógnitas se le arremolinaban en la cabeza pero no quería pensar en ello, había decidido pasar página y aunque todo seguía reciente intentaría no ceder al menos por ahora, aunque mientras pensaba todo esto se derramaron algunas lágrimas, sin saber muy bien si eran de alegría o rabia. 
 
—¿Era él, verdad? —Preguntó Robert.
 
—Sí, pero parece cambiado, me confunde.
 
—No lo conozco, pero con lo que te ha hecho no creo que pueda cambiar. No dejes que te engañe con sus palabras.
 
—Tú lo has dicho no lo conoces, —saltó a la defensiva sin quererlo.
 
—Está bien, ya estamos llegando a casa para cambiarnos primero.
 
 
—Lo siento Robert, no quería sonar así, sé que me estás ayudando mucho y portándote genial pero estoy ahora algo alterada, disculpa.
 
—No pasa nada, tranquila. Solo te quiero decir que pienses bien las cosas, nada más.
 
 

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