Mujer a la fuga

Psicología de amor

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Como había decidido Brown de camino a la cena, hicieron una parada rápida en la casa para cambiarse e Isis retocar su maquillaje, que con la llantina de antes se había emborronado, esta vez sustituyó el brillo labial por un pintalabios color rojo que le marcaba más sus facciones amazónicas y su vestido veraniego y sandalias por un traje elegante y unos tacones muy finos, estaba verdaderamente espectacular. No tardaron más de quince minutos en terminar, volver al coche y dirigirse al restaurante.
 
Una vez llegaron a la entrada se encontraron con el aparcacoches; un chico joven, alto y desgarbado, algo consumido, aparentemente por la droga pero iba correctamente ataviado, parecía agradable y reformado. Enseguida los saludó amablemente e instó a que le diesen la llave para estacionarles el vehículo.
 
Brown, le respondió cordialmente, le cedió las llaves y le recompensó con una suculenta propina. Fue entonces cuando se bajaron del Porsche. No obstante, Isis se percató una vez más de que se hallaba ante ella el curioso y precioso coche antiguo que tanto le atraía y que parecía que se persiguiesen mutuamente.
 
Se encaminaron a la entrada del lujoso, moderno y bien iluminado restaurante, pero justo antes de entrar...:
 
—Me da un poco de vergüenza, Robert... Creo que no voy a ir, todavía tengo todo muy reciente y más con la llamada de antes… y, la verdad es que no creo que me venga bien las habladurías que puedan surgir ahí, lo he intentado hasta última hora, pero no me encuentro con fuerzas…
 
—Bueno, ya que estamos aquí... Por lo menos estarás más entretenida y pensarás menos en todo, ¿no? Estamos un rato y nos vamos si quieres. Pero como veas, respeto tu decisión.
 
—No, no, perdona pero me voy a ir Robert, tú entra y pásalo bien, de verdad.
 
Acto seguido salió corriendo como si tratara de escapar de la misma muerte. Brown, sin saber muy bien qué hacer, fue tras ella. Pues no tenía ni dinero ni llaves de la casa. Por suerte logró alcanzarla rápido; tras cruzar dos calles y doblar una esquina, la halló en un pequeño, lúgubre y poco iluminado callejón:
 
—¡Isis! —gritó Brown, jadeante por el sprint,  —ven anda, toma estas llaves que aún no te había dado la copia, así aprovecho, te las doy y ya las tienes para otra ocasión y ten este dinero para llamar un taxi aunque sea.
—Gracias, —jadeó también Isis, —perdona la escena me entró el pánico y no quería llorar ahí y otra vez...
 
—No pasa nada, pero ten cuidado, estos callejones no son seguros para que vayas así tú sola por la noche.
 
—Sí, tienes razón, perdona y gracias una vez más.
 
—Ven, esperemos al taxi aquí sentados y cuando llegue me iré y entraré a la cena, les diré que tardé porque me cogió un poco de tráfico, no pasa nada, culpa mía. No te he dado suficiente tiempo para asimilar las cosas.
 
—No, si de verdad que te lo agradezco, al menos no le he dado muchas vueltas a las cosas durante el día, al estar por ahí, pero no sé... es que…
 
Justo su frase se vio interrumpida por la llegada del taxi. Se despidió de Robert y se montó en él. 
 
—Buenas noches, señorita, ¿a dónde la llevo?
 
—Buenas noches, —saludó Isis y seguidamente le dio las indicaciones pertinentes para llegar al domicilio antes de quedar callada durante todo el trayecto.
 
Mientras se dirigía a la casa iba viendo a Robert empequeñeciéndose en la distancia y cómo no, a su "querido" coche antiguo, al que le dirigió también una fugaz mirada. (¡Ains! Suspiró, Isis pensando cuan ridícula había tenido que parecer).
 
Tras media hora de reflexión en el taxi, tocó bajarse e ir a casa, no sin antes despedirse y abonarle el dinero correspondiente al conductor, que casualmente, era justo lo que le había dado Robert, había que ver lo que controlaba ese hombre, había calculado incluso para que sobrase para una pequeña propina.
 
Nada más entrar lo primero que hizo para evitar seguir pensando en el asunto, fue dirigirse al escritorio y comenzar a escribir su propia historia.
 
"Capítulo 1: Desgarrando la noche". "[Las dos de la madrugada, la noche en silencio...] [...¡Zas! Steeve le cruzó la cara a su mujer como era costumbre...]"
 
 
Empezó a escribir desbordada por las lágrimas, pero con un impulso sobre humano, otro síntoma de su poderoso nombre (La Diosa Isis), le hacía seguir adelante en su relato, hasta que, tras dos capítulos, quedó dormida sobre el escritorio, dejando un incoloro y denso rastro de saliva sobre la hoja.

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