El extraño del pañuelo

Psicología de amor

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Llegaron poco antes de que lo hiciera Brown, por lo que Isis preparó una suculenta cena para los tres. Justo cuando estaba poniendo el último plato sobre la bien presentada mesa, entró Robert a la casa.
 
—¡Hola papá! ¡Soy el capitán! —Gritó Daniels exaltado por la emoción y corriendo directo a la entrada.
 
—¡Hola mi capitán! ¡Qué bueno! ¡Me alegro mucho! Cuéntame, ¿cómo te fue el día?
 
Isis podía escuchar como el pequeño Collins emocionado gritaba contándole el buen día que había tenido a su padre desde el otro lado de la casa. Le contó las novedades escolares primero y luego repitió de nuevo como había ido su entrenamiento. Al poco tiempo entraron ambos a la cocina dispuestos a cenar.
 
—Hola, Isis ¿cómo estás? ¿Se ha portado bien el pequeñajo?
 
—Buenas noches, sí, es un buen chico la verdad.
 
La conversación no se alargó mucho más pues todos estaban bastante hambrientos y cansados. Así que no tardaron en comer e irse a acostar según terminaron.
 
—Buenas noches chicos, que descansen.
 
—Buenas noches, igualmente, respondieron al unísono.
 
Isis, como iba siendo ya costumbre, recogió la loza y escribió un poco de su libro antes de irse dormir, pero por fin esa noche, logró dejarlo a tiempo para irse a acostar en la cama, cómoda y plácidamente, con unos sueños muy agradables y reparadores.
 
A la mañana siguiente todo transcurrió con normalidad, una vez se hubo marchado Robert al trabajo y Daniels al colegio, Isis tenía en mente ir a comisaría a entregar la cartera que se había encontrado. Pero antes de salir comprobó si en su interior había algún tipo de documento de identidad, y lo había: "Aiden Alexander Price, dirección...".
 
(¡Vaya! Pero si esto es aquí al lado, pensó). Al final en vez de ir a la policía decidió escribir una carta y dejarla en el buzón del susodicho: 
 
"Estimado Sr. Aiden, me he encontrado su cartera en las gradas del campo de entrenamiento, espero que estén todas sus pertenencias. Un saludo, Isis". 
 
 
Aún hoy se sigue preguntando por qué se decidió a escribir una carta en vez de dejar la cartera sin más en el buzón.
 
Una vez lo hubo dejado todo listo, se dirigió a buscar la casa, la cual encontró pronto; era muy similar a la de Robert; un poco más rústica pero muy bonita, a Isis se le antojó entrañable, con sus acabados en madera y su enorme porche. Tocó la puerta por si se encontraba el inquilino, pero al no dar señales, dejó la carta que llevaba preparada y la cartera en el buzón de la entrada y regresó a casa.
 
Como no tenía mucho que hacer decidió dar una vuelta con su ya gran amigo Golfo, que le acompañaba todas las noches y dieron un paseo por su parque preferido. Iba todo bien hasta que al ver la fuente donde había quedado dormida tiempo atrás, su favorita, se derrumbó y no pudo contener las lágrimas. Golfo que parecía haberle leído la mente tiró de la correa para alejarla de ahí y cuando se hubo distanciado lo suficiente como para no verla se sentaron juntos en un banco, pero Isis seguía llorando desconsolada.
 
Al cabo de unos pocos minutos se le acercó un hombre:
 
—¡Hola señorita! ¿Está usted bien? —dijo cortésmente.
 
—¡Hola…! Sí, no es nada, gracias.
 
El extraño le dio un pañuelo que Isis aceptó y se enjugó las lágrimas con él y entonces lo miró a la cara, que guapo era, no tenía palabras para describir su belleza. Inconscientemente lo comparó con Robert, donde éste pese a ser guapo salía perdiendo. Entonces el hombre al ver que había dejado de llorar, dijo un chiste que le hizo mucha gracia y alegró un poco su día.
 
 
—Muchas gracias por todo, pero tengo que irme, me están esperando.
 
—No es nada, no me gusta ver a una señorita llorar así, espero que vaya mejor su día y que todo se solucione.
 
—Gracias de nuevo, adiós, ha sido muy amable.
 
Se despidieron y se fueron cada uno por su lado (la verdad que había sido muy encantador y simpático, pensó ella).
 
Cuando llegó a casa cenaron los tres juntos y hablaron sobre el día y se fueron a la cama pronto, la verdad es que Robert no tenía mucho tiempo de nada entre semana, casi no se veían sino para comer.
 
Los días pasaron y trajeron el otoño consigo; las temperaturas habían descendido, los árboles y las flores habían abandonado su colorido por unos tonos marrones y amarillos más deslucidos pero aún así bellos, las hojas caídas adornaban las aceras; eso junto al atardecer, que mostraba un impactante y hermoso cielo, con sus tonos degradados entre morado y naranja dejaban un paisaje realmente pintoresco.
 
Isis, por fin, estaba recuperada físicamente y aunque psicológicamente seguía afectada, se encontraba mucho mejor. Era sábado y se encontraba sumergida escribiendo su novela, pues no contaba con ningún plan para ese día.
 
¡Bibibi! Empezó a vibrar su teléfono móvil:
 
—Hola, Isis soy Robert.
 
—Hola, Brown, ¿qué tal?
 
—Pues mira era para decirte…
 
—¿Qué sucede? Te noto extraño, ¿todo bien?

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