Teatro, veinticinco días después

Psicología de amor

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—Sí, verás, Margaret al final no regresa hoy de su viaje sino dentro de dos días por problemas con la compañía aérea y tenía unas entradas reservadas para el teatro. Era por si te apetecía venir conmigo, no sé si tenías algún plan pero es que si no las terminaré tirando.
 
—¡Ah! Pues mira, estaba escribiendo porque no tenía nada que hacer hoy, así que, sí, iré. —Respondió ilusionada.
 
—Genial, pues arréglate y en una hora nos vemos en el garaje.
 
—Perfecto, hasta ahora.
 
Rápidamente, tiró el bolígrafo a un lado y empezó a buscar como loca entre su ropa, alguna elegante y que realzara su bien cuidada figura. Pasó diez minutos buscando, cuando pensó que tenía la indicada se dirigió a la ducha y se dio un baño rápido. A continuación comenzó su ritual de peinado y maquillaje, donde invirtió la mayor parte de su tiempo hasta quedar realmente deslumbrante.
 
Una vez preparada se dirigió al garaje a encontrarse con su psicólogo.
 
—Ya estoy, Robert, perdona el retraso. —Pues se le había hecho un poco tarde, como de costumbre.
 
—No pasa nada, vamos bien de tiempo. Por cierto, estás preciosa.
 
—Mu…chas gracias, tú estás muy guapo también, —dijo sonrojada. —¿Dónde dejaste a Daniels?, —añadió cambiando de tema.
 
—El pequeñín se queda hoy en casa de un amigo suyo, que hace tiempo que no lo dejo dormir fuera y me lo estaba pidiendo a gritos ya.
 
Acto seguido y sin más preámbulos, Brown le abrió la puerta a Isis y la invitó a entrar cortésmente. Cerró la puerta tras ella, se subió él y fueron hacia el teatro.
 
Una vez aparcados fueron hacia el establecimiento; un descomunal edificio, repleto de columnas de aspecto dórico que simulaban la época griega, era intimidante y majestuoso a la par que soberbio y hermoso.
 
De camino a sus asientos a Isis le pareció encontrarse con el extraño del pañuelo, por lo que se detuvo y levantó la mirada por encima de las cabezas de la gente que pasaba a su alrededor, hasta que lo vislumbró, era el extraño del pañuelo, justo en ese momento, él se giró y le sonrió, entonces ella le saludó con la mano y de nuevo se perdieron entre la multitud.
 
—¿Quieres que paremos a saludar, Isis?
 
—No, no, sigamos le he perdido de vista.
 
Tardaron poco en dar con un acomodador libre que los guió hasta sus respectivos asientos.
 
Tras dos horas de magnífica función que disfrutaron cual niño el día de reyes y con el estómago vacío, Robert decidió invitar a Isis a cenar en el restaurante del teatro. Pasaron una velada mágica hablando sobre la obra e intercambiando opiniones, copa de vino en mano.
 
Ya, tras varias copas, un poco ebria y sin pensarlo mucho, actuando más por el impulso que por otra cosa, Isis habló:
 
—Brown, hay algo que tengo que decirte... —Dijo Isis acercándose a su cara.
 
—Dime, ¿pasó al... —Sus palabras se vieron interrumpidas por el apasionado beso en los labios que le propinó ella.
 
Robert, fue incapaz de apartarse por un rato, y se vieron inmersos en un profundo trance del que ambos disfrutaron como hacía tiempo que no lo hacían. Entonces la mano de Isis agarró el cuello de Brown para seguir besándose y…
 
—¡No Isis! Para, esto no está bien, tengo a mi mujer y le amo, perdona si te he hecho interpretar mal mis intenciones. Después de lo que hemos compartido este mes, te quiero muchísimo, pero no en este sentido. Quizás bajé la guardia porque me recordaste…
 
—¡Déjalo! He sido una estúpida, es culpa mía, lo siento... No sé que me ha pasado, ha sido sin pensarlo, soy una estúpida. Yo solo amo a mi marido. Después de todo lo que has hecho por mí y te lo pago así… Si es lo que me decía Steeve... ¿Quién me va a querer y soportar sino él? Además, nunca he pensado en ti como algo más que un amigo, soy lo peor… —Dijo enjugándose las lágrimas y saliendo corriendo del teatro avergonzada por la escena, había estropeado su amistad con Robert y lo había besado sin ni si quiera saber por qué.
 
 
—¡Espera Isis...! —Fue lo último que logró escuchar que decía Brown antes de alejarse lo suficiente como para solo oír el bullicio de la gente que recorría los pasillos.

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