Llamada de desesperación

Psicología de amor

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Ya en la distancia y habiendo abandonado el teatro, Isis sacó su viejo móvil, buscó en la agenda e hizo una llamada a su marido (no sabía muy bien si por echarlo de menos o por desesperación), pero el hecho es que lo llamó. Tres veces tuvo que sonar el desquiciante y desesperante tono,  hasta que una voz sonó del otro lado:
 
—Hola, cariño. ¿Al final has decidido que nos veamos? Llegué ya hace unas horas.
 
—Hola, Steeve, pues sí, quiero vernos y hablar las cosas bien.
 
—Dime cuándo y dónde y ahí estaré encantado.
—¿Te parece bien en media hora en el parque cerca de casa, donde nos conocimos? Además, sé que es tu preferido y vas ahí cuando no sabes qué hacer.
 
—Perfecto, nos vemos ahora, hasta luego.
 
Una vez colgó el móvil, Isis se acercó a un taxi, se subió y le indicó la dirección al chófer. Por el camino iba dándole vueltas a la situación, qué decirle a Steeve, cómo actuar… (¿Es que acaso estaba haciendo lo correcto? Sabía que no, ¿pero entonces por qué lo hacía? Se preguntó).
 
Llegó diez minutos antes de la hora acordada así que se acercó a "su fuente", la contempló de cerca, miró su interior y vio su rostro reflejado en el agua y supo que no estaba actuando bien, pues evocó aquel fatídico día, pero incluso así decidió seguir adelante sin saber muy bien el por qué.
 
 
     Al cabo de un rato, notó como unas manos la abrazaban por la espalda, contuvo la respiración para no gritar del susto, pero eran unos brazos que reconocía bien y que tanto echaba de menos. Se giró lentamente y, efectivamente, tal y como había sospechado, era Steeve. Quedaron muy unidos, quizá demasiado, la cabeza de Steeve reposaba sobre su hombro:
 
—Hola mi vida, —le susurró él al oído. —Te he echado de menos.
     
—Hola… cariño, —respondió Isis nada convencida y apartándose un poco.
     
Entonces él la agarró y la atrajo hacia sí, fuerte y apasionadamente y la besó como si fuera la primera y última vez, lo que hizo que ella se deshiciera por dentro y bajara sus defensas, olvidando todo lo que había sucedido entre ellos. Era todo idílico; la situación en el parque donde se habían visto por primera vez cuando eran jóvenes; la fuente, cómplice de su primer beso; el perfume de él, que tan bien conocía, esa pasión y cariño que se habían esfumado años atrás…
 
Estuvieron un buen rato abrazados, hasta que surgió el momento oportuno para poder hablar.
 
—Bueno cariño, quería decirte que si he sido un poco brusco últimamente, como sabes, se debe a que tuve una mala racha en el trabajo, aunque después, todo mejoró de repente, pero tú no fuiste suficientemente comprensiva... si hubieras esperado unos días habrías visto como todo volvía a la normalidad. Aunque bueno, aquí estamos de nuevo, un mes después, como si fuera el primer día. ¡Ah! y además, te traigo un detallito. —Dijo tendiéndole una pequeña cajita embalada en un precioso papel dorado brillante.
 
—Sí, tienes razón, no supe estar a la altura de las circunstancias, debí entenderte más, pero es que me superó la situación, así que perdona por mi parte también, —respondió sumisamente.
 
—Ya está, lo hecho, hecho está, ya pasó cariño. Ábrelo por favor.
 
Isis, toscamente, debido a los nervios, desenvolvió el paquete. Se trataba de una alianza de oro con un diamante engarzado, realmente espectacular, aunque ella no era partidaria del oro amarillo, cosa que le había repetido en numerosas ocasiones a su marido, pero no protestó ni dijo nada al respecto.
 
—¿Y esto Steeve? —Preguntó con los ojos abiertos de par en par y sin dar crédito a lo que estaba viendo.
 
—Pues esto significa que... Isis Campbell Smith, ¿quieres renovar nuestros votos nupciales? Hagamos como una segunda boda, ¿qué te parece? —Preguntó arrodillándose.
—Sí… ¡Sí quiero! —respondió ella aclarándose la garganta y casi gritando, totalmente rendida ya a su voluntad y atónita por el giro tan inesperado de la situación. Ahora sí que había hecho borrón y cuenta nueva, parecía como si su mente hubiera olvidado el pasado y solo importase que él estuviese ahí arrodillado ante ella en un intento superficial de disculpa.
 
—Pues volvamos a casa enseguida y organicemos todo en estos días, que gracias a mi buen trabajo me han concedido un mes de vacaciones. Además, así aprovechamos para ponernos al día.
 
—Me parece perfecto, vayamos.
 
 
Anduvieron juntos de paseo bajo la luz de una Luna que se antojaba enorme y brillante, arropados por el magnífico manto de estrellas y acompañados por una temperatura, que pese a ser otoño, era muy agradable. Por el camino se entregaban su amor e iban hablando, sobre todo, del egocéntrico de Steeve y su viaje.

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