Reflejo de terror

Psicología de amor

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Al final, desganada, la pobre Isis aceptó y tuvo la peor experiencia sexual que había tenido nunca. Se dejó hacer mientras su mente y su mirada buscaban el vacío existencial, perdiéndose en la lejanía donde no había más que una fría pared. Se sintió la peor mujer del mundo por acostarse con él sin tener ganas, pero también se sintió mal porque debería de desearlo con todas sus ganas después de que había decidido volver a su lado y aceptar la renovación de los votos, pero aún así, estaba dolida por su comentario en la cena, lo que le había hecho perder el apetito sexual. Confundida y, tras ser forzada a tener relaciones, se quedó tumbada sin poder dormir durante horas.
 
Isis despertó temprano y, por suerte, Steeve ya se había ido al trabajo, aún confundida por los hechos acontecidos, decidió ducharse pues se sentía sucia y quería quitarse cualquier resto que quedara de una noche para olvidar. Una vez en la bañera, empezó a frotarse el cuerpo con extrema dureza, a gritar y a llorar de la impotencia a la vez que golpeaba la pared; golpe tras golpe, grito tras grito, sus ideas se iban ordenando: (¿qué había hecho? pensó).
 
La garganta se le hizo un nudo que le impedía respirar (tranquila Isis, respira, se repitió una y otra vez en su cabeza). Por fin, cuando estuvo un poco más recuperada, se secó el cuerpo, se puso lo primero que vio y se dirigió a la cocina, cogió un ansiolítico y se lo puso debajo de la lengua.
 
Entonces se sentó en el sofá y tuvo una distendida conversación consigo misma (bueno, he decidido darle una oportunidad, lo de ayer es algo normal, soy su mujer, no tengo que darle más vueltas, es normal que quisiera acostarse conmigo otra vez después de tanto tiempo, lo que no es normal que yo no quisiera…). Tras varios minutos de reflexión decidió continuar adelante con la renovación de votos y con Steeve, dejando a un lado lo acontecido esa noche.
 
Cerca de la hora de regreso de su marido y algo más calmada, se dispuso a preparar la comida, algo bien rico para disfrutar en pareja, acompañado de un buen vino. Poco después de preparar la mesa llegó él.
 
—Hola cariño, ya estoy en casa, ¿está ya la comida? —Bramó.
 
—Buenas tardes amor, sí, está todo listo.
 
—Así me gusta.
 
Se sentaron a comer y no mediaron palabra, salvo su querido marido, para quejarse por todo: 
 
—Está demasiado caliente... está salado… —y una larga lista de etcéteras de adjetivos descalificativos salieron de su boca una y otra vez.
 
Cuando acabaron de comer, Steeve se fue al cuarto a dormir la siesta, mientras Isis recogía y limpiaba todo. Una vez terminó las labores domésticas fue a hacerle compañía a la habitación:
 
—¡Vete a la sala, que estoy cansado y me vas a espabilar! —Medio gritó Steeve con autoridad.
 
—Va…vale, vale cariño, hasta luego, —respondió azorada, —pues sabía que vendría cansado del trabajo y lo tomó como algo normal.
 
Isis, que no quiso darle vueltas al tema, bajó al sofá, encendió la tele y se puso a ver una película, pero no lograba concentrarse. Así que, al cabo de un rato, cogió una libreta y una pluma y continuó su historia por donde la había dejado, aunque la historia se le había quedado en casa de Robert, recordaba perfectamente por donde iba escribiendo.
 
Dos horas más tarde bajó Steeve, duchado y bien acicalado:
 
—Isis, me voy con los compañeros del curro, que tenemos una cena, pórtate bien. —Dijo en tono serio.
 
—Vale, diviértete.
 
Se despidieron en la entrada de la casa con un beso como si fuera todo bien, pero nada más cerrar la puerta su pulso volvió a acelerarse y la respiración a entrecortarse, por lo que fue corriendo a la cocina a coger otra pastilla.
 
Desquiciada, golpeó la mesa donde había apoyado el vaso de agua, tirándolo al suelo y haciéndolo añicos, lo que le ocasionó un pequeño corte en la descalza planta del pie, nada importante. Recogió los cristales del suelo, se puso una tirita y se fue al cuarto a cambiarse para ir a dar un paseo por el parque a despejarse un poco.
 
Ya en él, se acercó, cómo no, a su fuente preferida, y se asomó a su interior, el rostro que vio reflejado parecía sacado de un libro de terror, ojeroso, pálido y demacrado, por lo que movió el agua con la mano para diluirlo.
 
Intentó evadirse de la realidad contemplando a las familias y niños que andaban felices por ahí, lo que le fue contagiando con un poco de falsa alegría. Tenía la esperanza de reencontrarse por casualidad con Brown, pero jamás apareció.
 
Cuando empezaba a anochecer decidió volver a casa, para no llegar más tarde que Steeve. De hecho, llegó una hora antes que él. Cuando ella se encontraba ya en la cama, apareció él:
 
—Hola, nena, te he echado de menos en la cena, para la próxima te vienes conmigo.
 
—Hola, cariño. Yo a ti también, —respondió con entusiasmo, pues era algo nuevo que la invitase así, de repente a ese tipo de cenas.
 
Steeve continuó adulándola como él bien sabía, hasta hacerse con su control y conseguir lo que quería (acostarse con ella). Aunque esta vez, accedió con gusto, convencida, eso sí, por las bífidas palabras que emanaban de la boca de su marido.
 
 
Isis le regaló así, una noche de placer inmejorable y al menos consiguió algo a cambio, dormir enredada en sus brazos, no por consentimiento suyo, sino por el cansancio y el alcohol, que lo dejaron durmiendo como un niño.

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