Votos, un mes después

Psicología de amor

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Los días pasaron y las malas formas de Steeve, sus desprecios, comentarios, ridiculizaciones... continuaron in crecendo, a la par que aumentaba la ingesta de ansiolítiocos diarios que dejaban como una zombi a Isis. Pero ella siempre miraba lo positivo, si es que lo había, del cambio de su marido y lo excusaba por todo o se auto inculpaba a ella misma.
 
Aún así, llegó el día de renovar sus votos. Y se encontraban en la iglesia, abarrotada de personas cuando empezaron con sus discursos:
 
—[…Hemos fortalecido una relación a través de los años y por ella hemos crecido en todo sentido, te veo y te veré para toda la vida como mi perfecto amor…]. —Dijo Steeve mirando primero a la multitud y después a Isis.
—[…Lo fuerte que es nuestro amor hace que pueda vencer todas las dificultades de la vida, siento que soy una mujer de fortuna por contar con un esposo como tú, al que amo y que me ama…]. —Respondió ella, mirándolo directamente a los ojos y con los suyos vidriosos, olvidándose por completo de que la gente a su alrededor.
 
Todos aplaudieron las palabras tan bonitas de ambos y continuó la ceremonia. Una vez finalizado el acto se fueron acercando los familiares y amigos:
 
—Hola, Isis, cariño, que bonito. ¿Pero estás segura de esto? Noto que pasa algo entre ustedes, soy tu madre y aunque estemos distanciadas te conozco, puedes contarme lo que sea.
 
—Lo sé mamá, gracias. Está todo bien, de verdad, no te preocupes. Si te invité después de tanto tiempo sin hablarnos no fue para que siguieras cuestionando a Steeve.
 
—Hola, mi pequeña, —saludó su padre interrumpiéndolas.
 
—¡Papá! ¿Cómo estás?
 
—Bien hija, batallando con tu madre como siempre, tu sabes.
 
Los tres rieron por el comentario y entonces empezaron a lanzarse puyas entre sus padres, como acostumbran las personas mayores y hablaron de cómo les iba la vida, que hacía meses que no se reunían, que ni hablaban…
 
Poco rato después, cuando todos habían abandonado ya la estancia, fueron al restaurante y una vez allí tomó la palabra la madre de Isis:
 
—Quería hacer un brindis por mi hija; gran persona donde las haya, muy inteligente y con un corazón que no le cabe en el pecho. Aunque a veces ese corazón sea su perdición y vea lo bueno de las personas, incluso cuando no lo hay.
 
La multitud quedó enmudecida por la frase final, algo cortante y que no dejó a nadie indiferente, aunque decidieron pasar del asunto y seguir como si nada para no estropear la velada.
 
Por lo demás la comida fue magnífica, compartiendo el momento con gente que hacía tiempo que no veía. Al final, cuando se hubieron despedido de todos, Steeve le dio una última sorpresa a Isis, le vendó los ojos y la subió al coche.
 
Estuvieron buen rato en la carretera, hasta que se detuvieron y le quitó la venda:
—¿Qué te parece ya que mañana es lunes y trabajo, al menos pasar la noche de hotel? Además está cerca de casa, por lo que no tendré que madrugar.
 
—¡Ohh! ¡Qué bonito! Gracias, cariño, —dijo Isis besándole los labios.
 
Entraron en la recepción y les atendieron enseguida:
 
—Buenas noches, ¿la familia Coleman?
 
—Buenas noches, los mismo,s —contestó Steeve con orgullo.
 
—Vengan, les indico dónde están vuestras habitaciones, —les dijo entregándole la tarjeta.
 
Recorrieron un pequeño pasillo, con habitaciones a ambos lados hasta llegar a la suya. Cuando entraron, se encontraron con una lujosa habitación, la cual casi ni miraron, pues desde el momento en que se cerró la puerta se abrazaron y desnudaron con premura.
 
Isis desabrochó la camisa de Steeve, mientras él le quitaba el sujetador y lo lanzaba lejos. Fueron besándose y palpándose cada poro de su cuerpo hasta llegar al baño, donde les esperaba un burbujeante jacuzzi preparado con pétalos de rosas y una botella de cava. Se metieron en él y dieron rienda suelta a sus perversiones más ocultas. No les bastó con llegar al clímax, sino que siguieron más allá si cabe. Obviamente no quedaba en la cabeza de Isis los traumas de hacía varias noches, se había olvidado por completo una vez más de cómo la había hecho sentir su marido.
 
Al final, después de casi dos horas de placer, cayeron rendidos en la cama y durmieron a pierna suelta, arropados bajo un tenue hilo musical que sonaba en la habitación.
Por la mañana Isis se despertó temprano, antes que Steeve, miró el despertador de la mesilla y se sobresaltó:
 
—¡Steeve! ¡Corre cariño! ¡Se te hace tarde!
 
—¿Qué pasa? —Preguntó entre bostezos.
 
—¡La hora! ¡Corre!
 
Steeve, sin mirar el reloj se dirigió a darse una ducha rápida y a vestirse. Justo cuando acabó de ponerse la ropa y estaba poniéndose su reloj de muñeca, encolerizó:
 
—¡¿Estás tonta?! ¡Son las seis de la mañana! ¿Me estás vacilando? —Gritó, enfadado.
 
—Pero… cariño, es que mira este reloj… —dijo señalando el de su mesilla de noche.
 
 
—¡¿Y no sabes comprobarlo?! ¡Ahora tendré dolor de cabeza y estaré cansado todo el día!
 
—Lo si...
 
—¡Ni lo siento, ni nada! ¡No tenía que haber hecho todo esto por ti, no lo mereces! —Gritó interrumpiendo sus palabras.
 
¡Zas! le cruzó la cara y abandonó, hecho una furia, la habitación. Isis, sin respiración, con el pulso acelerado, la mandíbula apretada y con un dolor en el brazo, corrió a su bolso, se metió una pastilla debajo de la lengua y se recostó a ver si se le pasaba. Estaba tan mal que ni las lágrimas eran capaz de surgir.
 
 
Cada segundo que pasaba iba a peor la ansiedad, hasta que perdió la noción del tiempo y no pudo más, quedó rendida a su suerte, tendida en la cama y sin conocimiento.

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