Lágrimas contenidas

Psicología de amor

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Por la noche aparecieron los padres de Isis y Robert abandonó el hospital:
 
—Cariño, ¿cómo estás? Nos enteramos hace unas horas de todo, nos avisó tu amigo Robert y vinimos lo más rápido posible, —dijo Adeline, su aprensiva madre.
 
—Bien, ya mejor, tranquilos, solo ha sido un susto.
 
—Mi niña, no te preocupes, nos tienes aquí, cualquier cosa la superaremos y saldremos todos juntos adelante, —añadió Bernard, su adorable padre.
 
—Sí, tenemos que hablar cuando me recupere, hay algo que tengo que contarles.
—Aquí nos tienes para lo que haga falta, lo sabes, te queremos.
 
Pasaron cinco días hasta que por fin le dieron el alta a Isis, quien, escoltada por sus padres, abandonó con gusto el hospital. Se encontraba mucho mejor y había respondido perfectamente a todas las pruebas que le habían realizado.
 
—Vayamos a casa, me vendrá bien volver a la niñez por un tiempo y que me mimen.
 
—Eso está hecho mi pequeña, —dijo Bernard.
 
Subieron al coche y se dirigieron a las afueras, tardaron alrededor de cuarenta y cinco minutos hasta llegar a la casa. Por el camino, Isis les habló más sobre Brown, sobre lo bien que se había portado con ella. También les contó que estaba escribiendo un libro, por fin había decidido utilizar ese don que la vida le había otorgado, pero obvió en todo momento el tema de Steeve.
Finalmente, llegaron a la casa que tan bien conocía y que tanto había extrañado. Dejaron el coche aparcado a un lado y entraron. Fue entonces cuando se derrumbó y echó a llorar desconsolada.
 
—Papá, mamá, siéntense por favor, hay algo que no les he contado. —Dijo entre sollozos.
 
—¡Ay dios! ¡¿Qué te ha hecho ese maldito?! ¡Mira que lo veía venir al condenado! Por eso nos distanciamos. —Bramó Adeline.
 
—¡Deja a la niña hablar, Adeline! —Exclamó su padre.
 
—Tranquilos por favor, escúchenme, dijo aclarándose la voz y enjugándose las lágrimas.
 
Entonces comenzó a relatarles todo lo que había sucedido con Steeve, intentando suavizar la situación lo máximo posible y, así les explicó lo que había vivido en esos últimos años, la conversación se prolongó por horas:
 
—¡¿Qué?! ¡Yo lo mato, a ese desgraciado, lo mato! —Maldijo Bernard cargando la escopeta que tenía en el armario, como buena persona de campo que era.
 
—¡Dale su escarmiento a ese mal nacido, hijo de su madre! —Apoyó, por una vez, la moción su mujer.
 
—¡Quietos, quietos! Por eso no he querido decir nunca nada. Iré a la policía, tengo pruebas, los vecinos habrán escuchado gritos y golpes, tengo informe psicológico, médico... vamos que tengo pruebas de sobra.
 
—Tú sabes que un juicio de esos tarda mucho en salir y nunca dan un veredicto justo.
—En serio, lo que necesito es apoyo y que acepten mi decisión, además, Robert me acompañará, no solo me dará el informe psicológico si no que irá de testigo.
 
—No sé, no sé... ¿Estás segura cariño? Por tu madre y por ti mataría y no me importaría ir a la cárcel, nadie jode a mi pequeña y se va tan tranquilo.
 
—Segura, papá, respeta esta decisión.
 
—Está bien, —dijo relajando el tono de voz y la tensión en la mandíbula y volviendo a un tono más cálido y comprensivo.
 
Siguieron hablando largo y tendido durante buena parte del día, hasta que decidieron cambiar de tema, pues tanta agitación tampoco le convenía a nadie en ese momento.
 
Isis, que se encontraba exhausta, subió a la habitación. Estaba tal cual la había dejado años atrás; sus mismos libros, sus peluches, sus viejos CD's... De repente le invadió la nostalgia y se sintió mal por el tiempo que llevaba sin ver a sus padres, se ve que todos se echaban de menos pero ninguno había sido capaz de dar el primer paso y había tenido que pasar esta situación para que se reunieran de nuevo.
 
Decidió no seguir ahondando en el asunto, porque si no sabría que no lograría conciliar el sueño y lo necesitaba. Se acostó y, por sorprendente que parezca, durmió toda la tarde y la noche, no despertó hasta la mañana siguiente, eso sí, bastante temprano.
 
Cuando empezaba a amanecer Isis abrió los ojos y se asomó a la ventana (que gusto daba volver a casa y oler ese aroma a campo que arrastraba el viento hacia su cara, pensó).
 
Bajó las escaleras y se encontró con su madre preparándole el desayuno. (¡Qué bien olía!)
—Buenos días mamá, no hacía falta que hicieras nada, pero gracias.
 
—Buenos días cariño, no es nada. Como siempre te he dicho; desayuna como una reina, come como una princesa y cena como una mendiga.
 
Desayunaron los tres en familia, como hacía siglos que no lo hacían y tuvieron una distendida y placentera conversación. Cuando hubieron acabado de comer Isis se despidió y se dirigió a la puerta, donde la esperaba Robert, al cual había whatsapeado para ir a comisaría.
 
—Hasta luego, voy con Robert a presentar la denuncia, ya les contaré como fue.
 
—¿Estás segura que no quieres que vayamos?
 
—No papá... Tranquilo, me encuentro con fuerzas por fin, he tenido que llegar a enfermarme para darme cuenta verdaderamente de todo, así que no recularé.
 
—Vale, cariño, ánimo y mucha suerte, te queremos.
 
 
Se despidieron en la puerta mientras Isis se subía al Porche que tan bien conocía ya.

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