En soledad

Psicología de amor

visibility

253.0

favorite

1

mode_comment

0


—¡Os podéis creer que la condenada no ha vuelto a aparecer por casa y no sé nada de ella! Estará con otro la muy puta… —Dijo Steeve a sus amigos.
 
—¡Tío! Estamos cansados de oírte el mismo cuento siempre.
 
—Pues sí, si se ha escapado tantas veces la muchacha igual tienes algo que ver tú, ¿lo has pensado? 
 
—¡Pero qué coño me estáis contando! ¡Vaya mierda de amigos estáis hechos!
 
—¿Mierda nosotros? ¿Tú te has mirado? Ni se puede hablar contigo. 
 
—¿Y qué nos dices de todas las mujeres con las que te has acostado estando con tu mujer? ¿Y la llamas puta a ella? ¡Anda y que te den tío!
 
—¡Váyanse de mi casa! Aquí acaba nuestra amistad, no les necesito.
 
Sin más discusión los ex amigos de Steeve se fueron justo antes de enzarzarse en una pelea con él, pues ya la cosa se empezaba a poner cada vez más tensa, dejándolo solo.
 
Entonces cogió su teléfono y marcó el número de Isis que sonó sin parar, pero no obtenía respuesta. Tras hacer más de diez llamadas finalmente alguien descolgó el teléfono:
 
—¡Isis! —Gritó.
 
—No soy Isis, soy Robert. Me dio su móvil porque no quiere saber de ti, estuvo en el hospital un tiempo por tu culpa, así que déjala tranquila.
 
—Así que eres el culpable de todo, ¿eh? ¡Hijo de puta! Deja que te coja, —amenazó Steeve.
 
—Que me cojas y, ¿qué? ¿Eh? Venga, dilo, déjanos más pruebas para denunciarte.
 
¡Biii! Enseguida, tras escuchar la palabra denuncia Steeve colgó el móvil asustado por primera vez. (¿Será posible que piense en denunciarme esta desgraciada? Se preguntó). Acto seguido arremetió con ira contra todo mueble o pared que se encontró en su camino, hasta que finalmente, con la mano ensangrentada y un poco más calmado se detuvo.
 
Fue entonces cuando miró la hora y se percató que llegaba tarde al trabajo. Se limpió la herida, se vistió y salió corriendo hacia el coche. 
 
Tardó varios minutos más en llegar a su empresa por culpa del tráfico y se despachó a gusto con todo conductor por hacerle perder el tiempo en cola, incluso se iba a bajar a pegarle a uno justo cuando, por suerte, el semáforo cambió a verde y tuvo que continuar.
 
Al llegar a la empresa el jefe le pidió explicaciones:
 
—Steeve, ¿qué son estas horas? ¿Ya estuviste bebiendo anoche otra vez? ¿Me vas a repetir lo de siempre? ¡Que tu mujer se volvió a olvidar despertarte de la siesta cual niño pequeño! ¡Me tienes harto!
 
—No, lo siento jefe, un mal día…
 
—¿Te cuento yo cuando tengo un mal día? No son excusas tener un mal día yo también los tengo y vengo a mi hora.
 
—No me lo cuenta, se le nota.
 
—¿Qué has dicho ?
 
—Que se le nota.
 
Empezaron a discutir cada vez más fuerte, los gritos resonaban por toda la oficina, hasta que, tras Steeve amenazarlo y su jefe llamar a seguridad, lo echaron de la empresa. Lo que incrementó su ira.
 
Salió hecho una furia propinándole patadas a un contenedor de basura cercano volcándolo al suelo. Acto seguido se fue a un bar de las cercanías donde se pidió varios vasos de whisky y habló con el camarero. Le relató su versión de los hechos y el camarero lo compadeció y animó en su desconocimiento.
 
—¿Verdad que merezco algo más? La vida me está tratando como una mierda… —Preguntó en tono victimista.
 
—La vida es injusta muchas veces, pero anímese. Seguro que la denuncia queda en nada si es que llega a producirse finalmente. Quizá el amante de su mujer lo hizo para fastidiar y que usted los dejase vivir su vida a parte. Pero si la quiere luche por ella, igual es una mala racha y ella esté confundida.
 
—¿Tú crees? Después de todo lo que me ha hecho no sé si puedo mirarla a la cara. Pero es mi mujer al fin y al cabo y nos conocemos desde pequeños. Como dices puede ser una mala racha, la he abandonado un poco estos años por darle lo mejor, por mi trabajo. Trabajo del que me han despedido sin más, por llegar un día tarde, con lo que he luchado yo para sacar esa empresa adelante…
 
—Que sí, anímese. Lo que hoy es negro mañana no tiene por qué serlo, además una segunda oportunidad nos la merecemos todos. Luche por lo que quiere.
 
—Puede que tenga razón, no sé. Pero me ha tratado fatal.
 
 
Siguieron debatiendo toda la tarde-noche sobre qué hacer, inventándose una tras otra las historias que contaba y que ciegamente se creía el camarero, quizá buscando un apoyo al quedarse solo o consuelo, pues sabía que de ser denunciado tendría las de perder.
 

Este sitio usa cookies para tu sesión de usuario y mostrarte publicidad.

De acuerdo