Me recuerdas a alguien

Psicología de amor

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Cuando amaneció, Isis deslizó su pulgar hacia la derecha de la pantalla del móvil desbloqueándolo y encontrándose, para su sorpresa, un WhatsApp de Robert:
 
 "Buenos días, ¿podríamos vernos esta noche? quiero comentarte algo, es importante".
 
(¿Qué sería tan importante? Se preguntó Isis de inmediato). Había quedado con Cristopher, pero obviamente, con lo bien que se había portado Brown siempre con ella, no podía ignorar su petición.
 
Abrió entonces la conversación y le escribió:
 
”Buenos días, sí, por supuesto. Dime sitio y hora y allí estaré". 
Todo el texto quedó adornado de multitud de emoticonos, que tanta gracia le hacían a Isis.
 
Seguidamente inició un chat paralelo con Cris (así lo llamaba de manera cariñosa, además, Cristopher era muy largo):
 
 "Hola Cris, ¿te importa que aplacemos nuestra cita romántica para mañana? Jajaja. Me surgió un compromiso con Robert, el psicólogo del que te hablé ayer, tiene algo importante que decirme”.
 
Como no estaba ninguno en línea, bajó a comer algo. Se preparó un buen desayuno americano: huevo, bacon, tortitas y un buen vaso de zumo de naranja (estaba hambrienta y, bueno, un día es un día, pensó).
 
Su madre había salido a comprar, así que solo Bernard le hizo compañía mientras desayunaba. Tuvieron una agradable conversación padre e hija, ciertamente Bernard era un señor encantador y adoraba a su pequeña.
 
Cuando acabó de limpiar la cocina, volvió a subir al cuarto a recoger el móvil y vio las respuestas de ambos. La dirección del bar por parte de Robert y la conformidad de su amigo Platón ante el cambio de plan.
 
El resto del día Isis lo pasó redecorando, un poco, su infantil cuarto, con la ayuda del manitas de su padre y con los adornos que le había traído su madre al ir de compras. Brochazo a brochazo Isis iba sacando su ira contenida hacia Steeve, dejando incluso grandes manchas en la pared cuando se abstraía totalmente y se olvidaba de que estaba pintando y no matando a su marido… Al final, para lo poco que tardaron, la habitación quedó realmente estupenda y con un aspecto más acorde a su edad.
 
Cuando empezaba a oscurecer, Isis se dio una buena ducha, quitándose bien la pintura de sus manos y de su pelo, y se puso un vestido elegante, eso sí, acompañado de una buena chaqueta, no estaba el tiempo para ir con aberturas por la calle.
 
Una vez lista, llamó a un taxi, que no tardó más de diez minutos en llegar y se dirigió al bar, donde se había citado con Brown. Por el camino se percató de que la Luna estaba inmensa y verdaderamente espectacular, brillante como nunca la había visto, era uno de esos días en que el satélite se encuentra cercano a la Tierra.
 
El taxi paró en la puerta del restaurante y entonces Isis le pagó al conductor, se bajó y entró al bar. Encontró rápidamente a Robert, que se levantó, la saludó, rodó su silla y la invitó a sentarse, como siempre, actuó con galantería.
 
Cenaron tranquilamente, bajo la tenue luz del bar y un par velas en la mesa, quien los viera de fuera pensarían que eran pareja. Pero no eran más que dos buenos amigos teniendo una noche de distendida conversación.
 
Cuando acabaron los postres y, con una copa como sobremesa, Brown empezó con el verdadero quid de la cuestión, lo que le había atormentado y unido a Isis desde que la conoció y nunca le había revelado.
 
—Hay algo que nunca te he dicho y fue lo primero que me unió a ti y lo que me hizo bajar la guardia en su momento contigo...
 
—Me tienes en ascuas, Robert, ¿qué pasa?
 
Tras vacilar por unos instantes y empezando y parando hasta en cuatro ocasiones inicios de frases diferentes al no saber muy bien cómo empezar, Brown se aclaró la garganta y empezó a contarle a Isis, por fin, todo lo que no le había dicho:
 
—Me recuerdas en cierto modo a mi difunta madre, ella falleció a manos de mi padre, que fue un maltratador, por eso me hice psicólogo, para ayudar a personas como ella… personas como tú. A ella no supe cómo sacarla de su miserable vida y no quiero que te pase lo mismo a ti. El libro que encontraste, hablaba de ella precisamente. —Dijo con los ojos anegados en lágrimas.
 
Isis por un momento se sintió estúpida al recordar los momentos en lo que creía que él se había fijado en ella, estaba claro que eran otros los sentimientos que despertaba en él.
 
—Lo siento Robert, nunca debí besarte y siento si he irrumpido en tu vida para ponerla patas arriba y recordarte todo ese trauma y también lo siento si te he ocasionado problemas con tu mujer.
Entonces los vidriosos ojos de Brown se tornaron comprensivos, llenos de vida y ternura.
 
—No pasa nada, pasó hace muchos años y aunque el recuerdo sigue ahí, está superado o como quieras llamarlo, pues nunca se llega a superar del todo. Pero me alegra haberte conocido, eres una gran amiga. Sobre lo de mi mujer, ella es muy comprensiva y lo entendió todo, además, le caes muy bien y a Daniels lo tienes enamoradito, —rió.
 
Y, sin más, se fundieron en un abrazo de comprensión y cariño. Para cuando se separaron se encontraban en un extraño estado de relax incomprensible, sería síntoma de las confesiones o quizá, una vez más, gracias a la ayuda del alcohol, que tantas veces nos hace percibir la realidad de manera distorsionada, en ocasiones para bien y otras, no tanto.
 
 
Siguieron hablando durante un rato, hasta que al final cansados, Robert se prestó a llevar a Isis cuando se les hubo bajado un poco lo que habían bebido, sobre todo a él, que había parado mucho antes. La dejó en la puerta de la casa y se despidieron bajo la espectacular y cercana Luna, sin duda, había sido una gran noche.
 

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