¡Aléjate de mí!

Psicología de amor

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Al día siguiente Steeve recibió la orden de alejamiento provisional a expensas del juicio, la cual dictaba que no podía acercase a menos de doscientos metros de Isis. La noticia le sentó como una pata en la entrepierna haciéndolo encolerizar, lo que propició que golpease la pared reiteradas veces, estaba claro que no esperaba esa reacción por parte de su mujer.
 
Isis, sin embargo, despertó rebosante de alegría al recibir la noticia, al final había tardado menos de lo esperado, y acompañando a dicha orden, venía adjunta una carta diciendo que en una semana se celebraría un juicio rápido, todo estaba saliendo de perlas.
 
Corrió a contárselo a sus padres que se hallaban en la cocina:
—¡Genial hija! ¡Cuánto me alegro! —Exclamó emocionado Bernard.
 
—¡Por fin la justicia hace algo bien! —Añadió Adeline.
 
Desayunaron juntos desbordando felicidad por cada poro de sus pieles, se podía ver a simple vista la alegría en sus rostros. Cuando hubieron terminado Isis fue a su cuarto, cogió su móvil y llamó a Robert, tenía que contárselo enseguida.
 
—Buenos días Robert, perdona, sé que estás en tu hora de trabajo, ¿puedes hablar un momento?
 
—Buenas, ¿qué pasó? Sí, espera que salgo un segundo, dime.
 
—¡Ya llegó la orden de alejamiento y en dos días se celebrará el juicio rápido! —Gritó loca de entusiasmo.
—¡Qué bueno! Me alegro muchísimo, verás que sale genial. Te tengo que dejar que estoy con un paciente ya me contarás bien, pero me alegro mucho, lo sabes.
 
—Gracias, sí, solo quería que lo supieras, que vaya bien el día.
 
Seguidamente, tras colgar el teléfono, inició una conversación con Cristopher, necesitaba salir y contárselo ya, que para acabar de conocerse habían congeniado muy bien y se sentían muy unidos, así que tenía la necesidad de decírselo. Se citaron para ir de tiendas, como regalo de celebración se compraría algo de ropa mona y luego irían a almorzar. Así que, sin más tiempo que perder, Isis fue a prepararse.
 
Ya de tiendas, dentro del probador Isis, hizo estallar la bomba informativa:
 
—¿Pero qué me estás contando? ¡Qué bueno cari! –Dijo con un inusual amaneramiento que no le había visto hasta ahora, pues era muy varonil por lo general, salvo alguna que otra expresión en determinadas ocasiones.
 
—Sí, ha sido súper rápido todo la verdad, estoy contentísima. Por cierto, ¿desde cuándo eres tú tan femenino? —Preguntó entre risas.
 
—¡Calla, calla, loca! Siempre me dicen lo mismo cuando me exalto, no sé, yo no me lo noto, ¡qué le voy a hacer!
 
Siguieron hablando y vacilando todo el día hasta que fue la hora de comer, entonces se acercaron a uno de esos restaurantes de comida rápida, pues después de tanto caminar, qué mejor que la comida basura para equilibrar la dieta, "el ñim del ñam", como bien había dicho Cristopher.
 
Se pidieron una buena hamburguesa con doble de carne, queso Cheddar y bacon bien crujiente, todo eso recubierto de una exquisita salsa de champiñones, acompañado de patatas fritas y un refresco de litro. Vamos, todo lo contrario a una dieta sana.
 
Después de comer y, de regreso a casa, Cris acompañó a Isis un buen trecho del camino, pues vivía en la misma dirección. Mientras seguían hablando de sus cosas, una sombra apareció corriendo directa hacia ellos.
 
A medida que se acercaba Isis pudo comprobar que se trataba de su "adorable" marido:
 
—¿Qué haces aquí? ¡Aléjate de mi! —Dijo ella elevando la voz y furiosa.
 
Sin ni siquiera articular palabra, Steeve se abalanzó y comenzó a golpear al pobre Cristopher, a quién cogió por sorpresa y no pudo esquivar los primeros golpes, aunque para sorpresa de todos, incluido de él mismo, pudo sobreponerse y defenderse, pese a ser su primera pelea en la vida, se desenvolvió bastante bien. Se vieron enzarzados en una verdadera batalla campal hasta que se mascó la tragedia, cuando Steeve fue a asestarle un nuevo golpe a Cris e Isis se interpuso entre ambos, llevándose el puñetazo, lo que hizo que se tropezara y cayera de espaldas al suelo, golpeándose la cabeza y dejándola inconsciente, mientras se empezaba a formar un pequeño riachuelo rojo carmesí a su alrededor.
 
Fue en ese momento cuando se detuvo la pelea. Conmocionado, su marido, llamó a la ambulancia mientras Cristopher la atendía como podía mientras gritaba: 
 
—¡Un médico, un médico!
 
 
Pero nadie se acercaba ni si quiera a preguntar por ella, es más, la gente se había alejado al inicio del ridículo espectáculo que había formado Steeve.

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