Rompecabezas mental

Psicología de amor

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Los días pasaron y su marido seguía tratándola como nunca, la verdad es que vistos desde fuera parecían una pareja perfecta, aunque fuera todo una falsa e interesada fachada.
 
Steeve estaba como cada lunes en su trabajo, o al menos eso le había dicho a Isis, ya que se había quedado desempleado tiempo atrás, mientras ella, ya recuperada después de cinco días, preparaba tranquilamente la comida al son de una canción que sonaba en su equipo música.
 
¡Ding dong! Sonó el timbre de la casa, rompiendo de repente el aura de paz que se había formado mientras realizaba sus musicales labores. Salió precipitadamente hacia la puerta y la abrió, pero no había nadie.
 
Miró hacia los alrededores asomando la cabeza por el marco de la puerta pero no había ni rastro de ninguna persona. No se percató hasta que bajó la vista de que había una gran caja en el suelo. Extrañada, la abrió, el interior estaba repleto de ropa, zapatos, maquillaje, un perfume, papeles y una carta.
 
Abrió el sobre con curiosidad, estaba claro que no se habían equivocado pues ponía su nombre y apellidos: 
 
"Querida Isis, nosotros, tus preciados recuerdos, queremos devolverte tu esencia, tuyo es esto que tu yo pasado cercano ha utilizado, recuerda quién eres, pero sobre todo recuerda quién eras".
 
No entendió muy bien el mensaje, pero entró la caja a la casa y se puso a rebuscar en ella, que bonito era todo, sin duda era todo su talla, y que extrañamente familiar se le hacía cada cosa que sacaba... ¿Y esos documentos? Comenzó a leerlos... era obvio que era su letra y hablaba de ella y de Steeve, pero no era el Steeve que conocía, no podía ser, era... ¡era un monstruo!
 
Quitó los papeles de su vista enseguida, no daba crédito a lo que acababa de leer y eso que solo había ojeado el principio, pero eso no podía ser obra suya, sin duda, alguien lo habría manipulado. Metió todo de nuevo en la caja y la escondió en su armario para no volver a verla jamás, pero por alguna extraña razón no quiso tirarla.
 
Al poco tiempo llegó su marido, el de verdad, el bueno de Steeve. Así que no podía estar dándole más vueltas al tema. Y mucho menos contárselo, a ver que pensaría, sobretodo porque estaba redactado con su misma letra, pero ella no escribía tan bien, con tanto detalle, hacía años que no redactaba nada y mucho menos hablaría así de él, pero si lo viese pensaría que había sido ella.
Steeve llegó con cara seria, se ve que no había tenido un buen día. Estuvieron comiendo en silencio, sin casi mirarse si quiera. Después fueron al sillón, inició una discusión sin sentido e Isis se empezó a disculpar sin saber muy bien ni por qué. Poco a poco la voz de él fue elevándose hasta convertirse en un grito y de repente...   
 
Algo despertó en el interior de Isis y sus recuerdos empezaron a volver uno tras otro (...golpe, huida, Robert, padres, denuncia, Cris, juicio…). Entonces lo recordó todo y empezó a odiarse por olvidar algo así, pero su odio hacia si misma no era comparable con el que sentía hacia la persona que tenía delante.
 
—¡Hijo de puta! ¡Te odio! Me has estado manipulando porque había perdido mis recuerdos. —Gritó Isis.
 
Acto seguido Steeve se abalanzó sobre ella pero por suerte pudo esquivar el envite y salió corriendo lejos de él y de la casa, fue entonces cuando rompió a llorar, pues se había contenido para no darle la satisfacción de verla sufrir más por él.
 
Se sentó en un banco de las proximidades mientras terminaba de recomponer el rompecabezas mental que tenía. De repente sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando se acercó un extraño, aunque a medida que se acercaba su cara le resultó familiar, una escena muy parecida a la que había tenido tiempo atrás y que le removió los recuerdos.
 
Era el médico que la había atendido cuando se golpeó la cabeza, el mismo que le había dejado flores en el hospital la vez que sufrió el amago de infarto (ahora lo recordaba bien, lo había visto como en un sueño, pero ahora la visión era clara), era el mismo de la cartera perdida era…¡el extraño del pañuelo! Era… era Aiden. Había necesitado perder sus recuerdos para encajar todas las piezas del puzzle, siempre había sido él.
—Hola, ¿Aiden verdad? Lo sé porque fui yo quien te entregó la cartera—Preguntó sonrojada y enjugándose las últimas lagrimas que le quedaban.
 
—El mismo, parece que te has dado cuenta quien soy, después de todo este tiempo.
 
—Pero… ¿por qué nunca has dicho nada y has sido tan amable conmigo?
 
—No sé, no quería complicarte más tu ya difícil situación y supuse que no estábamos preparados para conocernos aún.
 
—Quizá tengas razón, por mucho que me doliera en mi mente solo seguía Steeve...
 
—Bueno, empecemos por el principio entonces, mi nombre es Aiden, soy médico y me gustan los coches antiguos, leer... —Empezó a detallar sus gustos, con el fin de conocerse y de alejarla de su dolor.
 
—¿Coches antiguos? He visto uno que me ha llamado la atención en numerosas ocasiones, uno negro y granate con la defensa metálica y que parece que me persigue, no será tuyo por casualidad, ¿no?
 
—Pues sí, vamos, no creo que haya otro igual, vaya coincidencia…
 
—Ya te digo, ¿no serás tú un acosador por casualidad? —Bromeó Isis.
 
—¿Quién sabe? —Siguió él la broma.
 
 
Conversaron largo y tendido, era un hombre realmente imponente, guapo, fabuloso y con muchas cosas en común con ella. La verdad es que le ayudó mucho hablar con él, parecía su alma gemela, su complemento perfecto. Tras la distendida conversación se despidieron dándose sus teléfonos e Isis se marchó camino a casa de sus padres, no sin antes voltearse a mirarlo una vez más antes de desaparecer en la siguiente esquina. (¡Vaya! Me gustaría seguir conociéndolo! Por supuesto cuando todo esto haya pasado, pensó).
 

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