Juicio final

Psicología de amor

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 Pasaron dos días hasta que Isis tuvo que compadecer ante el nuevo juicio rápido. Esta vez fue bien escoltada por su nuevo séquito: sus padres, Robert, Cristopher, Aiden e incluso Margaret. Llegaron todos juntos al juzgado y tomaron sus respectivos asientos.
 
Después de las presentaciones y el preludio, el juez dio la palabra a los abogados de ambas partes, pues esta vez, cada uno había decidido contratar un defensor. Steeve se veía crispado y la cara de su abogado no presagiaba buenas señales, síntoma de que estaban nerviosos y escasos de argumentos.
 
Cuando acabó el turno de los letrados, fue el momento de los testigos.
—Sí, yo atendí a Isis en el hospital, en dos ocasiones; una por un amago de infarto provocado por los nervios y la ansiedad  síntomas de la vida que llevaba la demandante y otra por una caída propiciada por Steeve, tras darle un puñetazo en la cara, al interponerse la demandante entre él y su amigo que estaba siendo golpeado. —Dijo Aiden.
 
—Yo atendí psicológicamente a la señorita Isis por presuntos malos tratos. —Continuó Robert.
 
Uno tras otro fueron dando su versión de los hechos y fueron desarmando las objeciones del acusado. Una vez terminaron, el juez tomó la palabra:
 
—Póngase en pie el acusado. ¿Tiene usted algo más que decir? Preguntó el juez después de escuchar la versión del demandado y la demandante, así como de sus abogados y testigos.
—No, eso es todo, —respondió Steeve.
 
—Bien, pues una vez escuchadas ambas partes declaro, aquí presente, a Steeve Coleman Foster, culpable de ejercer abuso tanto física como psicológicamente sobre su mujer Isis Evans Stewar y le condeno a cinco años de prisión. Asimismo, la demandante, está en pleno derecho de anular el matrimonio y quedarse con los bienes tales como la casa y el coche. Si están de acuerdo firmen aquí tanto la parte demandante como la acusada, —dijo acercándoles los papeles pertinentes.
 
Isis firmó conforme, aunque le parecía poco tiempo de condena, sin embargo, Steeve, fue más reacio a firmar, solo lo hizo a última instancia aconsejado por su abogado, pues creía que era lo mejor que podían conseguir en este caso.
 
—Muy bien, despejen la sala y llévense al detenido.
Cuando salieron del juzgado todos acudieron a abrazarla, por fin se había hecho justicia. Aún Isis no se lo creía y la cabeza le daba vueltas.
 
—¡Qué bien! ¿no? —Preguntó Margaret.
 
—Sí, por fin me he librado de mis demonios.
 
Estuvieron hablando un rato hasta que Isis dijo que quería irse, no tenía el cuerpo para mucho jaleo, quería meditar las cosas y mirar que haría de ahora en adelante, así que se despidieron y se fue con sus padres.
 
Una vez llegó a casa subió a la habitación y empezó a sacar conclusiones. Lo primero que haría sería pedir el divorcio, buscar algún trabajo que le permitiera compaginarlo con su escritura, sacarse el carnet y... ¡ufff! se le ocurrían muchas cosas con su nueva libertad, tantas que no sabía como se iba a administrar el tiempo. Pero al menos podría hacer lo que quisiera cuando quisiera y lo mejor aún... sin miedo a represalias.
 
Tras un buen rato a solas con sus pensamientos, retomó su novela, estaba bastante motivada para seguir escribiendo, así que encendió el ordenador y se puso manos a la obra: 
 
[… —declaro aquí presente, a Steeve Coleman Foster, culpable de ejercer abuso tanto física como psicológicamente sobre su mujer Isis Evans Stewar y lo condeno a cinco años de prisión…]. 
 
(¡Vaya! ¿quién me iba a decir que algo tan malo como una sentencia podría hacerme tan feliz? Se preguntó Isis).
 
Cuando terminó de redactar hasta donde correspondía apartó el ordenador y bajó hambrienta al piso de abajo, sus padres le estaban esperando en la mesa, se les veía contentos. Se sentaron los tres juntos y empezaron a comer.
 
—Ese muchacho, Aiden, ¿parece buen chico, ¿no? —Preguntó Adeline.
 
—Sí, mamá, es un buen amigo, —respondió sonrojada.
 
—Ah…  está bien, —dijo pícaramente, pero sin ahondar más en el asunto.
 
—¡Deja a tu hija Adeline! —Gruñó Bernard.
 
Todos rieron y siguieron degustando la comida hasta que no dejaron nada en los platos, entonces fueron al sillón y vieron una película cómica, de esas que te desternillas de risa, como la familia que eran y que habían dejado de ser, lo que le trajo recuerdos de su infancia y se sintió un poco mal por el tiempo que había perdido junto a sus padres, tiempo que intentaría recuperar, eso sin duda.
 
 
Así pasaron el resto del día, siendo este uno de los momentos que quedaría inmortalizado más tarde, en la noche, en la novela de Isis. La historia iba tomando forma, pero aún no tenía título, quería emplear la palabra "psicología" en honor a Robert, pero necesitaba algo que la acompañase... (…¿Qué podría ser? Varias ideas le surgieron entonces: "Psicología de una mujer", "Psicología de un abuso", "Psicología de un abusón”… Pero ninguno le convencía). Así que dejó para otro día el asunto del título, puso el ordenador a un lado y se fue a dormir.
 

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