¿Quién soy yo?

Géneros: Romance

No hay forma más básica de describir una historia que diciendo que contiene un inicio, un problema y un desenlace. No puedo decir lo mismo de esta historia protagonizada por una joven que, como muchos escucharéis decir, está perdida y parece buscar quién es. Lo que sí puedo decir es que me ha gustado escribir y re-escribir esta novela, de introducirme en sus múltiples problemas, sus personajes, sus sentimientos y sus mentes hasta llegar a un desenlace que para muchos puede resultar feliz y para otros no. Sería un placer que vagaran conmigo por sus páginas y desvelen las palabras que tanto les aguardan. Esta historia se encuentra registrada por lo que todos sus derechos son reservados.

1.Libre para volver a la cárcel

¿Quién soy yo?

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Caminé lentamente por aquel largo pasillo. Ya me había acostumbrado a la suciedad que cubrían los azulejos del suelo y las paredes pero siempre había pensado que, sabiendo que iban a descuidarlo tanto, podrían haber escogido un color que resaltara menos esos detalles que el blanco. Podía escuchar perfectamente los pasos del hombre que caminaba detrás de mí, siguiéndome. Como guardia que era, llevaba el típico traje de policía, ligeramente más oscuro, con su porra colgando del cinturón en el que también guardaba su pistola y sus llaves universales. Era capaz de escuchar la goma de sus zapatos golpear el inmundo suelo con cada pisada.
 
Sonreí inevitablemente. Aún recordaba mi primera gamberrada, la que provocó que me expulsaran de mi primer colegio y me devolvieran al reformatorio en el que me encontraba, la que produjo que comenzara aquel ciclo y se repitiera una y otra vez: me matriculaban en un colegio de pijos, me portaba mal, volvía locos a todos los profesores, hacía una broma demasiado pesada, era expulsada del colegio y me internaban en el reformatorio hasta que me matricularan en un nuevo lugar. Me había acostumbrado mucho a aquello.
 
Pero… llevaba tanto tiempo en aquella pequeña cárcel que ni siquiera era capaz de recordar qué era lo que había hecho para que me encerraran ahí. Lo más probable era que mis padres biológicos lo supieran pero no les había visto desde que tenía cuatro años. Apenas recordaba sus rostros, si quiera. Solo tenía el dulce recuerdo de un mechón de cabello rubio y lacio de mi madre que recorría su hombro, una blusa blanca y una pulsera que me cedió y que, por alguna razón que ni yo comprendía, llevaba siempre conmigo.
 
Por parte de mi padre, lo único que sabía era que había heredado tanto el color de su cabello como el de ojos. También recordaba las visitas frecuentes de mi madre durante unos meses cuando me internaron aquí por primera vez hasta que, un día, mi padre interrumpió una de las reuniones para agarrarla de la cintura mientras ella gritaba queriendo volver a mi lado. Se la llevó y no volvió nunca más.
 
Sacudí mi cabeza queriendo sacar aquellos pensamientos de mi cabeza. Eso era agua pasada, unas tonterías sin la mínima importancia. Me fijé que nos encontrábamos en el pequeño trozo del pasillo en el que las paredes estaban cubiertas por espejos. Una pequeña estrategia para demostrar a la gente que entraba y salía, cómo eran en realidad. No pude evitar mirarme y ver mi iris castaño junto con mi cabello lacio que caía sin gracia.
 
El solo pensar que me pudiera parecer a aquella bestia a la que antes llamaba “padre”, me enfurecía.
 
Me percaté, gracias al reflejo, que el hombre que me seguía de cerca, me vigilaba con demasiado detalle. Me peiné el pequeño flequillo que caía por uno de los lados de mi rostro y que, en ocasiones, era capaz de tapar por completo mi ojo derecho. Continué caminando, ignorando al hombre y fijándome en mis manos. Sobre una de mis muñecas se encontraba la pulsera de mi madre. Ni siquiera yo sabía qué tenía de especial, solo eran simples trozos de tela con brillantes de decoración que se unía por un imán.
 
Por fin, divisé la ventanilla, protegida por una rejilla pero que dejaba, en la parte inferior, un espacio libre por donde se podían pasar cosas de tamaño medio. El hombre que se encontraba tras ella, me sonrió y, sin siquiera decirle nada, comenzó a buscar mi expediente. Era un hombre que ya poseía sus 45 años bien cumplidos. Puede que sus arrugas se conjuntaran con su inicial expresión seria y le hiciera parecer una persona borde pero, en cuanto sonreía, era imposible no pensar que se trataba de buena gente.
 
Una vez encontró el expediente, lo dejó en una mesa antes de de darse la vuelta para continuar buscando algo más. Desde mi lugar, fui capaz de leer los papeles:
 
“Nombre: María Dolores del Carmen.”
 
Hice un pequeño ruido de desaprobación a lo que el guardia tras de mí reaccionó mirándome mal. No soportaba aquel nombre escogido únicamente por mi padre. Ese fue el motivo de que, hace unos años, decidiera cambiármelo e interpusiera la documentación necesaria para hacerlo. Sin embargo, en el reformatorio nunca quisieron actualizar aquel detalle. Por suerte, conseguí que mis compañeros de saqueos me llamaran por mi nombre: Ángel. Si acaso, les permitía algún mote como Angie o An pero nada más. De todas formas, ardía de rabia cada vez que los guardias me llamaban María Dolores. Pelear con ellos era algo muy común en mí.
 
El señor tras la ventanilla, por fin, pasó una mochila por debajo de la rejilla y me sonrió.
 
-Aquí tienes tu bolsa con lo que necesitas, preciosa.- Me dijo mientras señalaba también una maleta medio vacía al lado de la puerta.
 
-Gracias, Myke. Siempre es un placer hablar contigo.- Le respondí mientras agarraba el asa de la bolsita y me la colgaba en la espalda.
 
-¿Te veré pronto?- Preguntó sabiendo que siempre tardaba poco en provocar que me echaran y volviera a aquel lugar.
 
-Espero que no. Mis tutores tienen razón, ya es hora de sentar la cabeza.-
 
Sí, lo que dije fue tutores. Eran una pareja que, hacía más o menos un año, habían decidido encargarse de mí y mis responsabilidades fuera del reformatorio.
 
-Me alegro mucho por ti.-
 
-Nos vemos.- Me despedí mientras agarraba la mochila y la maleta.
 
Comencé a caminar sabiendo que el guardia ya no podía seguirme más a partir de ahí. Y sonreí. Myke, aquel señor siempre me había cuidado mucho, me conocía desde pequeña y sabía lo que yo había vivido. Fue la primera persona en comprenderme y ayudarme, era como mi padre en aquel preciado lugar. Quizá él fuera uno de los motivos por los que prefería que me echaran de un colegio y volver a ese centro de asesinos pequeños.
 
Me paré un segundo y volví mi mirada al largo pasillo. La verdad es que no tenía nadie más de quién despedirme. Nunca había hecho amistades allí exceptuando aquella vez en la que confié en una chica cuando entré por primera vez en el reformatorio. Sin embargo, ella me engañó, me convenció de que me ayudaría a escapar de aquella cárcel con ella y, luego, me traicionó, dejándome tirada. No volví a hacer amigos desde aquel entonces.
 
Siempre tuve la intención de vengarme de ella pero, por desgracia, le encontraron una enfermedad y no fueron capaces de curarla por lo que murió. El karma siempre hace justicia.
 
Suspiré y salí de aquel horroroso edificio para entrar en un pequeño coche que, supuse que, habían alquilado mis tutores para que me llevara. Miré al conductor por el retrovisor.
 
            -Disculpe, ¿puedo poner música en la radio?- Le pregunté, deseando que fuera tan amable como para permitirme tener aquel momento de serenidad.
 
Por suerte, me contestó con un dulce: "Sí, querida.". Por lo que, miré por la ventana durante todo el camino mientras escuchaba aquellos hermosos sonidos, aquella preciosa armonía hasta que, de repente, pararon.
 
-Ya hemos llegado. Puede salir.- Dijo el conductor.
 
Abrí la puerta y salí del autocar. Observé el lugar donde estaba y tampoco me pareció tan malo. Lo primero que se veía eran los jardines bien cuidados que rodeaban un enorme edificio. ¿Cuántas salas tendría eso? ¿Unas mil cuatrocientas cincuenta? El conductor del coche tendió mis maletas al lado de donde estaba parada. Estaba claro que no las iba a llevar él aunque fuera una simple valija medio vacía y una mochila con apenas nada. Agarré el equipaje y me dirigí hacia el edificio. Tuve que arreglármelas para encontrar la secretaría. La verdad, se encontraba directamente nada más entrar, justo delante. Miré hacia ambos lados observando los pasillos que se alargaban hasta alcanzar, por un lado, las escaleras y, por el otro, el ascensor. Sin embargo, clavé mi mirada en la mujer sentada sobre su mesa, tras una ventanilla que parecía poder abrirse. Era una señora no muy anciana pero tampoco muy joven. Pude percatarme de que su cabello había sido teñido de blanco y que llevaba un maquillaje sencillo pero que resaltaba sus ojos color esmeralda. Me acerqué lentamente antes de ver su ropa exageradamente recatada.
 
            -Disculpe.- Añadí en voz baja sin querer romper el silencio que nos invadía.
 
Ella alzó su mirada hacia mí y me lanzó una amable sonrisa.
 
            -¿Qué necesita, Señorita?-
 
            -Me llamo Ángel. Soy nueva y me han pedido que me dirija al despacho del director.-
 
            -Sí, por supuesto, señorita Ángel. Su despacho se encuentra en el primer piso. Es la última puerta a la izquierda si subes por las escaleras y la primera a la derecha si subes por el ascensor.- Me indicó manteniendo aquella sonrisa.
 
            -Muchas gracias.- Respondí.
 
            -Ha sido un placer conocerla.-
 
Inmediatamente, me dirigí hacia el ascensor puesto que sería el camino más corto y más cómodo para mí a pesar de que mis cosas no pesaran prácticamente nada. Pulsé el botón y miré hacia la Secretaria que aún me observaba sonriendo de forma amable. Parecía que le había caído bien lo que, para mí, no era nada de lo que debiera estar orgullosa.
 
Aunque no me hiciera ninguna ilusión caerle bien a nadie, quizá me podía aprovechar de ello en algún momento, como para librarme de algún castigo, eso sí que sería estupendo. Llamé a la puerta del despacho pero nadie llegó a contestar así que, como me percaté de que se encontraba abierta, decidí pasar. Observé el lugar con cuidado. Obviamente, había una enorme mesa con muchos materiales y expedientes. Detrás de ella, un ventanal enorme decorado con cortinas de color verde oscuro. Luego, me fijé en el par de sillas que se encontraban delante de la mesa, cubiertas de terciopelo de igual color al de las cortinas. La verdad es que ignoré por completo los armarios y estanterías de las paredes para mirar a la joven de veinte años que esperaba de pie tras la mesa gigante, intentando ordenar malamente y con mucho nerviosismo unos papeles que parecían importantes. Una vez se dio cuenta de mi presencia, dejó los folios sobre la mesa y me miró. Obviamente, los papeles fueron desordenados de nuevo y ella volvió sus ojos hacia ellos con frustración sin saber qué hacer. Por fin, decidió centrarse en mí, ya se ocuparía de lo otro más tarde.
 
-Bienvenida. Soy la ayudante del director.- Me saludó con una sonrisa falsa.
 
Un momento... ¿ha dicho "ayudante"? Me sentí muy machista pero no pude evitar pensar que, con sus escasos conocimientos de cómo colocar unos folios en una carpeta, la forma en la que había conseguido el puesto no había sido muy ortodoxa. Además, era una joven con el cabello rubio y mechas naranjas bien disimuladas. Puede que su cuerpo no fuera tan escultural como la de una modelo, a pesar de tener bastantes curvas y ser bien delgada, pero sí que poseía un rostro especialmente hermoso.
 
-Bienhallada. Soy una nueva alumna.- Dije imitándola pero pareció que no se enteró de mi burla.
 
Más tonta imposible...
 
-Ah, sí. Tú debes de ser María Dolores del Carmen.-
 
Me mordí la lengua al escucharla. Aquella frasecita me enfureció mucho. No soportaba que me llamaran así, no hacía más que recordarme a mi maldito padre. Por si no se había enterado aquella inepta ayudante, ¡me había cambiado el nombre! Por suerte mis pensamientos no siempre salían derechos de mi boca, a veces conseguía controlarlos.
 
-No, en verdad me llamo Ángel.- La corregí, queriendo estamparla contra la pared.
 
¿Cómo se le ocurrió llamarme así? ¿Es que quería que la matara?
 
-¿No llevas más maletas?- Preguntó al ver que apenas traía nada.
 
Me encogí de hombros sin querer decir ninguna palabra por si me descontrolaba y empezaba a gritar... Eso no vendría muy bien para mi primer día en el internado. De repente, entró el director. Me giré en mi asiento y clavé los ojos en aquel hombre de tez oscura. Sabía que, por lo que había podido leer del instituto, él tenía más de 40 años pero parecía que se cuidaba bastante bien. Poseía el cabello negro y ojos color miel que combinaban junto con una mandíbula cuadrada. Me dio tiempo de comprobar que, aparte de vestir muy elegantemente, sus ropajes eran de marca por lo que debían ser especialmente caros.
 
¡Menos mal! ¡Una persona inteligente!
 
-Oh, ya está aquí, señorita Vang. No me había percatado de su presencia en el edificio.-
 
Me saludó colocándose frente a la mesa y sentándose en su aparente excesivamente cómoda silla.
 
-¿Vang?- Pregunté confusa mientras dejaba mis cosas en el suelo y me sentaba sobre una de aquellas sillas de terciopelo.
 
-Sí, es el apellido de sus padres.-
 
-¿Padres?- Pregunté aún más confundida.
 
Yo no sabía mi apellido y tampoco el de mis padres. ¿Cómo ese señor podía saberlo y yo no?
 
-Oh, perdón. Sus tutores legales.- Me explicó.
 
Por fin, comprendí. Era el apellido de los señores que me cuidaban. Nunca lo había sabido pero hasta aquel momento no lo había necesitado.
 
-Ah, vale...- Respondí.
 
-Bien. Aquí tienes la llave de tu cuarto. Es la ciento trece. Un primer piso así que tienes suerte. Tus compañeras no creo que lleguen hasta mañana, han tenido un pequeño retraso.- Comenzó a decirme dejando el objeto sobre la enorme mesa.
 
En aquel mismo momento, no pude evitar pensar: “¿Retraso? En sus horarios o en sus cabezas porque como me toquen esas niñas pijas que se creen modelos mal vamos.”
 
-Tus padr... digo... tutores, te han mandado esto para que te lo demos. Es una tarjeta de crédito, con ella puedes comprar lo que necesites. Aunque no creo que te falte de nada porque te han mandado también varias maletas llenas de cosas.- Continuó diciendo.
 
Alcé las cejas extrañada al escucharle hablar. Lo de las maletas me impresionó un poco. Aún me sorprendía lo que eran capaces de hacer mis tutores. Nunca antes se habían preocupado tanto por mí pero supongo que como les prometí que iba a "intentar” portarme bien en ese instituto. Siempre me habían cuidado y me querían mucho aunque yo fuera incapaz de mostrarles lo agradecida que estaba.
 
-Ahora puedes subir a dejar en tu habitación lo que te hayas traído y bajar a hablar con tus pa... tutores. Luego llevaremos lo que te trajeron a tu habitación.- Concluyó sonriente.
 
No pude evitar hacer una mueca. Había podido notar perfectamente que aquella presentación la tenía más que aprendida de memoria y que aquel era el motivo por el que le costaba tanto cambiar la palabra “padres” por “tutores”. Aún así, parecía ser mucho más eficiente que su “ayudante” por lo que decidí no preocuparme.
 
Rápidamente, salí de aquella sala y caminé por aquel mismo pasillo buscando la habitación. Caminé bastante puesto que solo aquel pasillo tenía más de 100 habitaciones y la mía parecía estar más cerca de las escaleras que del ascensor. Una vez la encontré, abrí con la llave antes de guardarla en mi bolsillo. Me paré un segundo en cuanto observé la sala. Parecía que el cuarto se encontraba completamente vacío y yo había sido la primera en llegar por lo que tenía derecho a escoger cuál sería mi cama.
 
Había cuatro de ellas, cada una colocada en una esquina de la habitación. A la izquierda, pegados a la pared, entre ambas camas, se encontraban un par de armarios. Sin embargo, en el lado derecho, uno de los armarios se encontraba a mi derecha y la otra delante, en la pared. También había dos mesas de estudio: una de ellas se encontraba justo a mi izquierda, pegada a la pared; y, la otra, se encontraba en la pared que tenía de frente, bajo una ventana, cercana a la cama de la esquina izquierda. Suspiré y dejé la mochila en ese colchón en concreto. Sí, aquella sería donde iba a dormir. También me percaté de que había dos puertas en la pared de la derecha, entre las dos camas. Las abrí y comprobé que ambos eran baños. Hice una mueca de aprobación al darme cuenta de que eran dos, eso nos facilitaría las cosas bastante. Además, encima de la  cama de la esquina derecha, había otra ventana.
 
Resoplé con cansancio y comencé a sacar algunas de mis cosas para colocarlas. Puse la poca ropa que tenía en el armario y guardé la maleta debajo de la cama. Luego, empecé a sacar las cosas de la mochila, entre ellas, una pequeña que ya había utilizado antes. Durante un segundo, repasé algunas de las fotos y videos que se encontraban en su interior. Me detuve en una imagen de una joven niña con rizos y tez oscura que ponía una pose dramática. Aquella fue la jovencita manipuladora que me traicionó y, a pesar de ello, aún sentía mucha pena por su pérdida. Alcé mi mirada sin querer revolver aquellos recuerdos. Fue entonces cuando me percaté de todos los espejos que había en las paredes.
 
“¿Tan superficiales nos consideran a las mujeres?” Pensé mientras comprobaba cómo habían sido colgados.
 
“Quizá me sean de utilidad…”  
 
*****
 
Observé el reloj de mi móvil. Ya había terminado lo que tenía preparado pero me había demorado demasiado. Mis tutores debían de estar esperándome en la secretaría por lo que salí de la habitación y tiré del pomo para que se cerrara debido a la fuerza del movimiento. Nada más salir, en aquel mismo pasillo, me encontré con un muchacho que se encontraba más cuidado que la gente que solía ver en los reformatorios pero no tan arreglado como los pijos que solían ver en los colegios a los que me matriculaban.
 
Era difícil no fijarse en un muchacho rubio con ojos celestes como él. Poseía un rostro ligeramente alargado pero con la mandíbula marcada, además de ir medio despeinado, dejando caer sus cabellos sobre su frente de forma rebelde. Me fijé en la chaqueta que llevaba, parecía de alguna especie de club que no llegué a reconocer puesto que poseía los colores rojo, blanco y negro del instituto. Realmente, me resultaba un poco atractivo.
 
Cuando se percató de que le miraba, me guiñó descaradamente el ojo y yo, dándome cuenta de lo que acababa de pasar, le puse mala cara y le ignoré. No estaba de buen humor como para ligar con el primer chico que veía.
 
Bajé las escaleras y caminé directamente hacia la entrada. Pude observar sus figuras desde la lejanía. Era una pareja muy amable y alegre que parecían desear lo mejor para mí. Ambos eran muy jóvenes, debían tener poco más de veinticinco años. La mujer siempre me miraba de forma cálida y sonriente aunque no sabía esconder sus deseos porque yo me abriera a ella como ella misma de joven lo hizo con su madre. Sin embargo, aquello era algo demasiado complicado para mí y, por eso mismo, parecía probar la paciencia de aquella chica. Su nombre era Margi y sí que se parecía un poco a lo que yo recordaba de mi verdadera madre. Un cabello rizado y rubio colgaba y acariciaba dulcemente su hombro como una vez lo hizo el pelo lacio de mi mamá. El señor Leonard en cambio, no se parecía a mi padre, era jovial, divertido y alegre, era la única persona con la que me he reído en toda mi vida, me caía genial. Sus bromas me hacían reír y su sonrisa siempre me animaba pero no sabía cómo demostrarles mi afecto hacia ellos. Eran dos personas increíbles que siempre habían querido tener una hija pero no querían pasar por la etapa del bebé y de la niñata caprichosa así que escogieron a una adolescente que puede que no les trajera problemas, algo irónico ya que era de las personas más problemáticas que mi asistente social se había encontrado, pero por ellos haría lo que sea.
 
-Confiamos en ti para que te portes bien. A tus dieciséis años ya eres suficientemente mayor como para al menos intentarlo.- Comenzó a decir la señorita.
 
-Sí... eso... y... solo queremos...-
 
Clavé mi mirada en los ojos claros de Leo que se movían con nerviosismo. Además, también miré su cabello excesivamente rizado, corto y oscuro, junto con su tez clara y su rostro alargado. Era bastante alto y parecía estar en forma pero, a pesar de que su apariencia le hiciera parecer autoritario, no lo era para nada.
 
-Solo queréis lo mejor para mí. Lo comprendo.- Completé haciendo que se relajara porque había entendido lo que quería decir.
 
-Vivimos aquí al lado. Si tienes algún problema puedes llamarnos.- Continuó Margi.
 
-Los visitare los fines de semana si no tengo exámenes.- Dije queriendo parecer responsable.
 
-Y ya sabes. Tírate a todos los tíos que puedas antes de hacerte vieja.- Añadió el señor a lo que su mujer le respondió con un: "¡Leonard!" enfadada.
 
-Tú solo enamórate y hazte mayor...pero no muy deprisa.- Le corrigió la señorita.
 
-Está bien.- Asentí antes de que ambos se levantaran y se fueran caminando.
 
-Os lo agradezco mucho.- Añadí antes de que desaparecieran por completo tras la puerta del edificio.
 
Decidí observarles mientras entraban en el coche y se alejaban de aquel lugar antes de caminar lentamente hasta mi habitación sin decir absolutamente nada. Ellos me querían, yo les quería pero ninguno sabíamos expresarlo del todo bien...o tal vez fuera solo cosa mía.
 
 
 

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