Soy un zombi y esta es mi historia (one-shot)

Géneros: Terror

Todos conocemos las innumerables historias que existen acerca de los zombis y las penurias que los supervivientes deben pasar para escapar de estos seres no muertos. Pero ¿cómo es la vida desde el punto de vista de uno de ellos? ¿Qué piensan? ¿Qué sienten? Esta es la historia de un hombre cuya vida fue arruinada cuando un zombi acabó con él. Sin embargo, la muerte no fue un final. Sino un comienzo.

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Soy un zombi y esta es mi historia (one-shot)

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Todo sucedió de repente. Como para todos, supongo.
            Mi nombre es Francisco García Martínez, tengo 42 años y trabajo como fiscal. No era la profesión de mis sueños. Cuando era pequeño, quería ser cantante, pero en mi adolescencia opté por actor y, aunque estudié muchos años para lograrlo, finalmente me rendí. Se me daba fatal. Nunca he sido especialmente abierto con la gente, sobre todo frente a multitudes. Sin embargo, hay oficios peores, así que nunca me he quejado. Llevo casado siete años. Mi esposa se llama Lucía, tiene 37 años y trabaja como enfermera. La conocí en el instituto, cuando tenía dieciocho años. Me enamoré de ella tan pronto como la vi. Lo cierto es que tuvimos algunos problemas con la gente de nuestro alrededor por la diferencia de edad. En esos momentos ella tenía trece. Pero nunca nos importó. Nos amábamos y nada pudo con nosotros. Tenemos una preciosa hija de siete años llamada Alicia. La niña de nuestros ojos, sin duda. Siempre que llego a casa, me sonríe y me saluda. Y cuando se enfada, infla sus mofletes de una forma muy graciosa.
            Nunca hemos tenido problemas de dinero, tenemos buenos amigos desde hace muchos años con los que sin duda podemos contar para cualquier cosa y cada vez que tenemos un problema lo solucionamos de forma rápida y pacífica, por lo que considero que tenemos una vida feliz.
            Sin embargo, todo cambió de repente, delante de nuestros ojos, sin que pudiéramos evitarlo. En un simple minuto todo se esfumó.
            Fue en verano. Habíamos decidido irnos con unos amigos de vacaciones a una isla tropical. Todo un mes de relajación y diversión. Alicia nunca había visto la playa, por lo que estábamos deseando mostrársela. Pero, mientras esperábamos en el aeropuerto para coger nuestro avión, un alboroto comenzó a formarse de repente, no lejos de donde estábamos. Escuchamos unos gritos. Nos levantamos rápidamente de nuestros asientos, nos miramos con desconcierto y vimos que mucha gente comenzaba a huir. Quienes estaban cerca de nosotros estaban tan confundidos como nosotros, pero la mayoría decidió correr. En un principio, temimos que pudiéramos ser víctimas de terroristas. Lo que no sabíamos fue que era algo peor. Mucho peor.
            Vimos algunas personas al fondo. No corrían asustados, como los demás, sino que caminaban rápido, moviéndose extrañamente de un lado a otro, levantando y bajando constantemente los brazos y girando el cuello de izquierda a derecha. Sin saber aún qué sucedía, huimos sin dudarlo. Pero delante de nosotros, aparecieron más de esas personas. Atraparon a los que huían, les arrojaron al suelo y comenzaron a morderles en el cuello con todas sus fuerzas, desgarrándoles la carne mientras ellos gritaban de dolor. Tratamos de alejarnos de ellos. Pero, sin que nos diéramos cuenta, nos rodearon. Por todas partes. Seres de piel pálida, arrugada y podrida, ojos vacíos y mandíbula abierta. Mi pequeña gritó aterrorizada y se aferró al brazo de su madre. Con el corazón latiéndome rápidamente, miré alrededor en busca de una salida. Ordené a todos que corriéramos hacia nuestra derecha. Al principio, todos me obedecieron. Delante había uno de ellos. Pero sólo era uno, por lo que si lo apartábamos con un empujón, podíamos escapar. Sin embargo, algunos de mis amigos se detuvieron a mitad de camino, paralizados por el temor, y aunque yo solo intenté empujar con toda mi fuerza a aquel hombre que nos cerraba el paso, él se lanzó contra mí con una terrible ferocidad. Me agarró los hombros, me mostró sus afilados y amarillentos dientes y los clavó en mi cuello. Grité de dolor y caí al suelo. Con ojos llorosos busqué a mi familia. Me miraban con ojos aterrorizados. Mi hija seguía sujeta a mi mujer y ella trataba de correr hacia mí mientras caían lágrimas de sus ojos, pero los amigos que me habían seguido hasta el final la mantenían sujeta y tiraban fuertemente de ella para obligarla a seguir corriendo. Detrás de mí escuché gritos de dolor. Mis otros amigos, quienes quedaron paralizados, estaban sufriendo el mismo destino que yo. Cuando el que me había hecho su prisionero comió cuanta carne pudo sacar de mi cuello, se incorporó ligeramente y me mordió en el pecho. Víctima del inmenso dolor, mis ojos se cerraron.
 
 
Me desperté poco tiempo después. Cinco o diez minutos, tal vez. Sin embargo, ya no era yo mismo. Mi cuerpo ya no me obedecía y no podía hablar. Mi piel se había vuelto tan pálida y podrida como las de esas cosas y de mi boca salían pequeños gruñidos y gemidos. En mi cuello y en mi pecho aún se hallaban las terribles marcas de mordeduras que aquella cosa me había hecho. No sentía nada excepto una sola cosa: hambre. Mucha hambre. Atroz. Tan atroz como para querer comer lo que fuera lo antes posible. No estaba solo. A mi alrededor había otros como yo. Otros seres que habían terminado de la misma forma. Entre ellos estaban mis amigos. Pero no les hice nada. Su sangre estaba tan podrida como la mía y no percibía alimento alguno en ella.
            Caminé por el aeropuerto a paso lento, sin mirar a ningún lado en particular, únicamente hacia delante, encontrándome constantemente con muchos como yo. De repente, me detuve y miré hacia mi derecha. Podía olerlo. Olía a sangre viva. Fresca. Mi inmensa hambre se manifestó. Mi cuerpo muerto y pútrido me pedía dirigirme hacia allí. Lo hice. Llegué hasta uno de los muchos cuartos de baño que había en el aeropuerto. Aquel era el de las mujeres. Traté de pasar, pero mi cuerpo chocó con algo. Una estructura sólida y dura que me impedía avanzar. Era una puerta. En un principio traté de pasar ignorándola, pero al cabo de unos segundos mi hambre y desesperación aumentaron. Necesitaba comer. Lo necesitaba tanto que empecé a golpear la puerta y a gritar. Mi cuerpo era más duro que antes y tras chocarme quién sabe cuántas veces contra la puerta, acabé destrozándola. Una vez dentro, vi a dos mujeres y a un niño sentados en el suelo con sus espaldas contra la pared. Temblaban de miedo y me miraban con ojos suplicantes. Comencé a andar hacia ellos con pasos lentos, con las manos alzadas y mirándoles con mis ojos vacíos. Ellos gritaron y me suplicaron que me fuera. Pero no lo hice. Me abalancé sobre ellos y les mordí de la misma forma que me mordieron a mí. No pude evitarlo. Mi cuerpo solamente se guiaba por el hambre. Pero tras probar la carne y la sangre de sus cuellos, sentí que no era suficiente. Necesitaba más. Mucho más. Pronto, sus cuerpos se volvieron tan pútridos como el mío y dejé de oler la sangre que me había traído hasta ellos. Se levantaron, como yo me levanté. Ahora sus rostros eran como el mío. Nos marchamos de allí en busca de más comida. Era lo único que deseábamos. Comer. Comer y nunca dejar de comer.
            Unas horas después, el ejército irrumpió en el aeropuerto. Decenas de hombres vestidos con el mismo uniforme, armados con fusiles. Al principio, nos exigieron que nos rindiéramos. Pero al no hacerlo, nos atacaron. Atraído por el ruido de las balas disparadas, llegué a la entrada principal del aeropuerto, donde vi a muchísimos de mis compañeros corriendo hacia un montón de frescas presas. Yo también fui. Nos dispararon. Intentaron matarnos a todos. Pero no lo consiguieron. Éramos demasiados. Centenas de nosotros les atacamos al mismo tiempo. Tanta sangre y carne frescas reunidas en un mismo lugar nos motivó a correr. Muchos de los nuestros cayeron, incluso a mí llegaron a derribarme de varios disparos en el pecho, pero volvimos a levantarnos. No podían atacarnos en cualquier parte. Nuestra dura piel resistía las balas y ellos no supieron qué hacer para detenernos. Alcanzamos a los soldados, les mordimos con toda nuestra fuerza y, a los pocos minutos de caer como presas, se levantaron como compañeros en busca de más alimento. La multitud de civiles reunida tras las vallas de seguridad a la espera de que se les informara de que la situación estuviera bajo control, huyó atemorizada al ver que los soldados estaban siendo superados y que los supervivientes se retiraban. Nosotros nos dispersamos. Algunos perseguimos a los soldados que aún estaban vivos. Otros corrimos a por los civiles que huían.
            Yo no hice ninguna de esas dos cosas. Sólo continué caminando, sin ningún rumbo, en busca de alimento, junto a otros de los míos.
 
 
Pasó un mes. Sin saber nada ni de mi familia ni de mis amigos e incluso habiéndolos olvidado por completo, únicamente seguí recorriendo toda la ciudad en busca de alimento. A veces, olía el aroma de la sangre fresca viniendo desde alguna casa, por lo que no dudaba en destrozar la puerta y perseguir a mis presas. Maté niños, mujeres, hombres y ancianos. Pero no bastaba. Por más que comía, no era suficiente. Quería más. Pero no podía tener más. Ya no quedaba nadie en la ciudad. O si quedaba alguien, estaba tan bien escondido que no había podido encontrarlo.
            Al final, acabé abandonando la ciudad. Seguía sin dirigirme a ningún lugar en concreto. Sólo continuaba andando hacia delante.
 
 
Caminé durante mucho tiempo. Muchísimo tiempo. Años, incluso. Anduve por larguísimas carreteras, por otras ciudades, salí del país, recorrí junglas, atravesé un desierto e incluso crucé montañas nevadas. Mi cuerpo resistía sin importar a qué clima y temperatura lo sometiera, pero el hambre me atormentaba como el más doloroso de los castigos. En todo este tiempo, no logré comer a más de diez personas. Todos los demás estaban escondidos, algunos en sucios lugares donde no aguantarían mucho tiempo y otros en grandes edificios de los que habían hecho sus fortalezas. Fue una suerte, tal vez buena o mala, que no llegara a acercarme a estos últimos o me habrían matado.
            Llegué a un pequeño pueblo, tan triste y vacío como todos los demás que había visto. Por el suelo había cadáveres de personas con terribles heridas en sus cabezas que les habían impedido convertirse en parte de nosotros, y también de compañeros abatidos con disparos a la cabeza que les habían matado definitivamente. En mi desesperación comí un poco de la carne de las personas, pero estaba podrida y sucia, así que no perdí mucho tiempo y continué mi camino. Al lado del pueblo había un frondoso bosque. Me adentré en él y avancé durante algunas horas, como siempre sin rumbo, solamente guiado por el hambre, hasta que de repente capté el aroma de la sangre. Sangre fresca. Cerca de mí había personas. Caminé hacia la dirección desde la que venía el olor y, entonces, le vi. Un hombre. Una presa viva con carne limpia. Sin dudarlo ni por un segundo, mi fuerte instinto me obligó a correr hacia él mientras daba fuertes gritos, deseando lanzarme contra él para morderle en el cuello con tal fuerza que se lo desgarrara por completo.
            Pero, de repente, algo golpeó con fuerza mis piernas, derribándome y, antes de poder levantarme, sentí cómo un fuerte peso caía sobre mí, impidiéndome moverme. Sediento de sangre y muerto de hambre, traté de levantarme con toda mi fuerza mientras lanzaba unos terribles y estruendosos gritos, pero todo fue en vano. Algo me levantó y, ya en pie, mis manos fueron atadas a mi espalda, mis pies atados entre sí y mi boca amordazada con un pañuelo o algo parecido. Mis vacíos y amarillentos ojos vieron a varias personas. Hombres que me miraban con sonrisas malignas. Buscando una presa, fui yo quien me convertí en una. Me forzaron a caminar. A cada segundo que pasaba sintiendo tan cerca de mí deliciosa comida a la que no podía llegar, mi ira aumentaba por momentos, pero eran nueve o diez contra uno y me tenían muy bien agarrado.
            Me llevaron a una mansión vallada oculta en el bosque. Allí nos recibieron varios hombres más. Uno de ellos intentó matarme de un disparo en la cabeza, pero extrañamente los otros se lo impidieron. Yo no entendía, podía ni quería comprender nada. Sólo quería comer, liberarme y morder a todos, pero por mucho que lo intenté, no pude.
            No entramos en la mansión, sino que caminamos por el patio izquierdo hasta llegar al trasero, donde vi que yo no era el único al que habían capturado. Atados con cadenas a postes había más como yo, observando a los humanos con los mismos ojos hambrientos y sedientos de sangre que yo tenía. También a mí me colocaron una gruesa y durísima cadena al cuello que después engancharon a un poste. ¿Por qué nos estaban atando a todos en un sucio y vacío patio en lugar de matarnos? No lo sé. Después de atarme, me quitaron la mordaza y dejaron a mi lado un cubo con quién sabe qué comida y se marcharon. En mi inmensa desesperación, la cogí con mis manos y empecé a comerla. Era carne cruda y seca. Algunos trozos parecían de humano y otros de animales, no lo supe con claridad.
 
 
Así pasé varios meses más, tal vez un año o dos, no sabría decir. Pasaba todos los días allí, atado como un perro, siendo alimentado una vez al día con excrementos de quién sabe qué persona o animal. En este tiempo, llegaron a traer a tres compañeros más, quienes también fueron atados a más postes, y sólo uno de nosotros logró soltarse de repente, pero un humano se encontraba cerca y pudo matarlo de un disparo a la cabeza. Aparte de eso, nada más sucedió fuera de la rutina diaria.
            Al menos, hasta que un día, dos humanos comenzaron a discutir en el patio, delante de nosotros. Parecían enfurecidos, pero no supe por qué. De repente, uno de ellos dio un puñetazo al otro y este respondió con otro, desatando una pelea que terminó cuando uno fue empujado lo suficientemente cerca como para que uno de nosotros le atrapara con sus manos y le mordiera con fuerza en el cuello. El humano gritó de dolor y su compañero le observó aterrado, luego sacó el arma, le apuntó temblorosamente y le disparó. La primera bala falló, por lo que necesitó más intentos. Al final le alcanzó en la cabeza con la quinta bala. Sin embargo, todos esos estruendosos sonidos nos alteraron. Teníamos hambre, estábamos furiosos por hallarnos cerca de tanta sangre que no podíamos probar y los fuertes sonidos nos atraían. Comenzamos a gritar y a correr con toda nuestra fuerza, tirando de nuestras cadenas. El humano que quedaba entró en pánico y comenzó a dispararnos. Mató a dos de nosotros antes de que sus propios compañeros llegaran, atraídos también por el ruido de los disparos, y le mataran a él. Nosotros nos alteramos todavía más, asustando a los humanos, quienes tal vez en un intento de tranquilizarnos, empezaron a golpearnos en la cabeza con armas contundentes. A mí me atacaron con un bate de béisbol. Fuertes golpes alcanzaron mis mejillas, como si de pelotas se trataran. No sentía dolor, pero notaba cómo mi cara poco a poco quedaba aplastada. Si seguía así, acabaría destrozándomela por completo, matándome finalmente. Pero no tuve esa suerte. De repente, unos fuertes ruidos atrajeron la atención de todos nosotros. Alguien estaba golpeando con toda su fuerza la valla que rodeaba la mansión. Eran más de los nuestros. Se escuchaban cientos de terribles golpes y furiosos gritos. Debían de ser por lo menos una centena de ellos, todos probablemente atraídos por los disparos. Nosotros nos enfurecimos más todavía y con aún más ira y fuerza tratamos de alcanzarlos, quienes presas del pánico entraron en la mansión de nuevo.
            Pocos minutos después, la valla comenzó a caer, y los nuestros comenzaron a entrar. También algunos consiguieron liberarse de las cadenas. Algunos humanos salieron de nuevo armados con escopetas y fusiles, y comenzaron a dispararnos. Mataron a muchos de los nuestros, pero cuantas más balas sonaban, más nos enfurecíamos y más de los nuestros entraban. La valla cayó desde tantas partes que todos los que estaban fuera pudieron entrar sin problemas. Todos juntos atacaron a los humanos, infectaron a algunos y obligaron a los otros a reagruparse en el interior. Finalmente, logré romper la cadena que me mantenía preso y, hambriento y furioso, me uní a mis compañeros en el asalto a la mansión. Entramos todos juntos y matamos a todos los que nos encontramos. Les mordimos en el cuello, en el pecho, arrancamos sus tripas, devoramos la carne de sus piernas y nos manchamos los rostros con su sangre. Cuando terminamos con ellos, estos se levantaron, ahora convertidos en aliados, y todos juntos subimos al segundo piso de la mansión, donde los supervivientes nos esperaban con sus fusiles, listos para matarnos a todos. Pero, aunque lograron hacer caer a decenas de los nuestros, poco a poco ganamos terreno y, cuando necesitaron recargar, quedaron indefensos ante nosotros. Casualmente, conseguí dar el primer mordisco al mismo hombre que utilizaron de cebo tiempo atrás, cuando me capturaron, y también a otros que cada día veía cuando venían a alimentarnos. Ninguno de ellos logró escapar.
            Los devoramos lo mejor que pudimos, motivados por nuestra hambre. Cuando se convirtieron, no eran más que un puñado de huesos con poca carne, incapaces tan siquiera de levantarse.
            Varias semanas después de recorrer el bosque sin rumbo, encontré casualmente la salida y continué mi camino en busca de más comida.
 
 
Caminé durante, por lo menos, un par de años en los que no probé alimento alguno excepto el de la carne sucia y muerta de humanos asesinados de disparos en la cabeza que me encontré en los pueblos y ciudades que visitaba. Mi hambre y mi ira por no poder comer me atormentaban cada día.
            Fue entonces, mientras caminaba por una de las muchas ciudades que visitaba de un país totalmente lejano al mío, que a mis oídos llegaron los ruidos de miles de disparos y gritos. Al parecer, no muy lejos de mí estaba sucediendo algo. Sin dudarlo, me dirigí allí a paso rápido. Llegué hasta una calle llena de edificios destrozados, coches destruidos en mitad de la carretera y a varias centenas de mis compañeros delante, corriendo desesperadamente hacia no alcanzaba ver qué, pero la mayoría de ellos parecía caer muerto de balazos en la cabeza. Quienes fuera que estuvieran enfrente de la horda, parecían bien equipados o tal vez muy numerosos. Pero yo no me preocupé por ellos. Podía olerlo. Cerca de mí, tras uno de los callejones situados a mi derecha, olía más sangre. Junto a algunos pocos como yo, nos acercamos atraídos por la comida. Dos de los míos fueron los primeros en salir. Y mientras caminaba por el sucio callejón con olor a muerte y carne podrida, contemplé a dos niños, un chico y una chica, pasar corriendo y cogidos de la mano al lado de mis compañeros mientras alguien mataba a estos de un disparo en la cabeza. El hecho de sentir que tan cerca de nosotros había carne joven y fresca, nos motivó a los pocos que quedábamos dentro del callejón a comenzar a correr. Pero antes de poder salir, alguien nos interceptó. Probablemente quien había matado a los dos primeros, ahora se colocó en mitad de la salida, nos apuntó con su pistola y empezó a hacernos caer uno a uno con balazos en la cabeza. Yo era el que más atrás me encontraba, por lo que seguí acercándome mientras veía a los míos sucumbir. Pero ellos no me importaban. No me importaba que estuvieran muriendo frente a mí. No me importaba a quién me estuviera acercando. No me importaba estar dirigiéndome a una muerte segura. No me importaba nada. Sólo quería comer. Y ese deseo me llevó a seguir caminando después de que el último de mis aliados cayera y sólo quedara yo. Quien había matado a todos, me observó con seriedad, me apuntó en la cabeza y se dispuso a disparar. Pero no lo hizo. Extrañamente, me observó con confusión y, de repente, se echó la mano al bolsillo, sacó lo que parecía ser una fotografía y la contempló con los ojos puestos como platos.
            —Papá… —balbuceó mientras su temblorosa mano soltaba la foto y esta caía al suelo.
            Después volvió a apuntarme, no a la cabeza, sino al pecho, mientras todo su cuerpo temblaba, con expresión de terror. Yo miré la foto caída durante unos segundos. Vi a un hombre, a una mujer y a una niña sonriendo alegres, vestidos con camisetas de manga corta. Al lado había varias maletas. No había duda. El hombre de la foto era yo y ellas eran mi esposa y mi hija. Era la última foto que nos hicimos, justo antes de salir de casa para dirigirnos al aeropuerto. Al mirar hacia delante, vi a mi hija. Una mujer de ¿cuántos años? ¿20? ¿25? No más de treinta. De eso estoy seguro.
            —No… no te acerques… Te lo advierto… —me dijo mientras retrocedía, apuntándome aún al pecho.
            Jamás lo habría hecho. De haber tenido tan sólo un poco de consciencia… un poco de movilidad… un poco de corazón… me habría dado la vuelta y me habría marchado para siempre, tan lejos como hubiera podido, donde jamás me encontrara de nuevo y donde estuviera a salvo de mí. Pero, en su lugar, seguí avanzando. No podía evitarlo. En mí ya no había el menor rastro de humanidad ni amor, ni siquiera por quien más me importaba en el mundo. Sólo sentía hambre. Hambre atroz. Muchísima. Tanta que necesitaba saciarla lo antes posible. Fuera quien fuera mi presa.
            Empecé a correr hacia ella. Abrí mi larga boca, emití un fuerte gemido y traté de lanzarme a por ella.
            —¡Para, te lo suplico! —me gritó retrocediendo unos pasos más, con ojos aterrorizados.
            Apretó el gatillo. Me disparó. Pero falló. Me disparó una segunda vez, pero solamente me dio en el hombro. Y cuando intentó dispararme por tercera vez, de la pistola no salió nada. Su cargador se había vaciado. Ella miró con estupor el arma y, sin darle tiempo alguno a hacer nada, me lancé a por ella. Alicia agarró con rapidez mis muñecas, pero mi fuerza la hizo retroceder. Salimos del callejón. Ella miró a su izquierda. Allí estaban los dos niños que antes vi pasar tan rápido. Cogidos aún de las manos, miraban preocupados y asustados a mi hija.
            —¡Estoy bien! ¡Corred! ¡Corred! ¡Vosotros al menos tenéis que seguir con vida pase lo que pase! ¡Corred!
            La chica quiso correr hacia mi hija, como hizo en su día mi mujer, pero el chico apretó su mano y tiró de ella con fuerza, obligándola a correr, justo como mi amigo hizo por mi esposa aquel día en el que nuestras vidas fueron arruinadas para siempre. Yo contemplé a mis presas alejarse, su sangre marcharse. Mi ira y mi ansia por comer me volvieron aún más agresivo. Moví mis brazos con fuerza, tiré de mi hija y la estampé contra la pared de uno de los lados del callejón. Ella cayó al suelo conmocionada y, sin dejarle ni un segundo de descanso, corrí a por ella de nuevo. Intenté aferrar mis manos a sus hombros, pero ella volvió a agarrarme. Con mi boca intenté alcanzar su cuello, clavar mis dientes en él y desgarrar cuanta carne pudiera. Ella intentó resistirse. Pero yo era más fuerte. Poco a poco, mis dientes fueron acercándose aún más. Casi podía saborear su carne limpia y joven. Gotas de mi saliva cayeron en él. Un poco más. Sólo un poco más y podría probar la tan deliciosa carne humana que llevaba tanto tiempo buscando.
            Pero, de repente, algo muy duro me golpeó en la cabeza, aplastando una parte de ella. Caí al suelo. Y al intentar levantarme, avisté a un hombre apuntándome con un fusil. Lo que sucedió después fue muy rápido. El hombre apretó el gatillo sin dudarlo. Mientras sólidas y rapidísimas balas alcanzaban mi cráneo y lo atravesaban de parte a parte, mis ojos se volvieron hacia mi hija por última vez. Me miraba asustada pero entristecida. De sus ojos cayeron lágrimas. Lágrimas por mí. No pude ver más. Pocos instantes después, mis ojos se cerraron para no volver a abrirse nunca más.
            El hambre, lo único que sentía y lo que me había estado haciendo sufrir todos estos años, finalmente se desvaneció.
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Si te ha gustado el capítulo, te pido que me lo hagas saber pinchando en el corazón que hay justo debajo y me sigas para estar al tanto de más capítulos. Gracias :D

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